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Guillermo Meneses en su ordalía con Sofía Imber

JOSÉ SANT ROZ

Revisando papeles viejos me encuentro con una tesis de la señora Arlette Machado (“Asedio a Guillermo Meneses”), personaje que es hoy furibunda enemiga del chavismo, que todos los días se dedica a lanzar denuestos por su twitter contra el gobierno bolivariano.

Los intelectuales que conocieron profundamente todos los fétidos detritos de la época Puntofijista, y que en aquella entonces hacían amagos de criticas y análisis sobre la tremenda descomposición social que se vivía, hoy se desplazan muy recataditos como escurriendo el bulto de sus complicidades, y para que en nada se les vea el tramojo de aquella aciaga y degenerada época de robos, estropicios, crímenes y monumentales estafas, en las que de algún modo ellos participaron.

Hoy la señora Alertte Machado dice que el gobierno de Rómulo Betancourt fue una maravilla. Y llama la atención que la veamos aparecer en una fotografía reciente al lado de Sofía Imber presentando su libro "Mil Sofía", en el programa de Elva Escobar y María Elena Lavaud por Onda. ¡Ay, Dios mío!, si la señora Alertte de verdad se atreviera a contar todo lo que sabe sobre Sofía, ¡con qué de cosas nos toparíamos!

Nos enteramos por la red, que la señora Arlette Machado ha sido profesora Titular de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela por 29 años. Ahora en su jubilación, durante 4 años, ha hecho las veces de “preguntadora” transcriptora y correctora de las memorias de Sofía Imber. Ha publicado “Asedio a Guillermo Meneses” en el 80, “El apocalipsis según Juan Liscano” en el 87 y “El judaísmo, una épica de antihéroes”, en el 94.

El libro que he encontrado en mis archivos es, como digo, “Asedio a Guillermo Meneses”, aunque me gustaría tener el corregido y publicado por Monte Ávila, porque el que conservo es un folleto que seguramente fue presentado por ella para optar a un trabajo de tesis o de ascenso en la UCV. Debo reconocer que este trabajo sobre Meneses es bueno, y me ha hecho querer mucho más a Guillermo y buscar cuanto él ha escrito, y releer de nuevo algunas de sus obras. Mi hermano Argenis tenía una especial admiración por Guillermo Meneses, y a través de mi hermano lo llegué a conocer cuando don Guillermo y Sofía vivían en La Florida. Yo conocí la impresionante biblioteca de Guillermo Meneses, y vi a doña Sofía subir en elevadas escaleras para buscar un libro entre decenas de miles.

Recuerdo que don Guillermo me confundió con mi hermano Adolfo, y al verme me dijo:

- Mira, leí un trabajo tuyo que me gustó bastante.

- No señor Guillermo, ese es un cuento que escribió mi hermano Adolfo.

Se trataba de un cuento aparecido en una revista que se editaba en Caracas, y narraba las vivencias de un muchacho mientras contemplaba la lluvia.

Pues bien, con base a ese folleto de la señora Arlette, hilvanaré un poco la estampa que me viene de esa joven Sofía dicharachera, revoltosa, atrevida, que en la búsqueda de sí misma abandonó a su marido, y acabó echándolo al trasto de lo usado y de lo ya inservible. Lo haré usando hechos de la propia escritora Arlette, junto con recuerdos de mis pocos encuentros con doña Sofía.

Un día tuve que trasladarme a San Francisco, California, fue por el año de 1980, hacía mi doctorado en Matemáticas y era yo becario de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho. Llegué a las oficinas de la Fundación, saludé al personal venezolano que trabajaba allí, y una joven, algo obesa, muy amable y con una gasa de tristeza en sus ojos, se encargó de atenderme. Me fui enterando que esta joven era hija de Guillermo Meneses. Ya su padre había muerto, y su madre estaba casada con Carlos Rangel. ¿Sería ella Sara? Seguramente. Aquello para mí fue una gran sorpresa, y le dije que yo había conocido a su padre, y departí con ella un largo rato.

Sofía Imber debió haber sido una mujer muy despierta y quizá algo atractiva, no tanto por su físico como por su audacia, que la hacía aparecer como revolucionaria, culta e intelectual. Ese, su atrevimiento apresurado y aturdidor (para sí misma y para el propio Guillermo Meneses) la llevó a escribir ese libro bastante zonzo hoy, por cierto, titulado “Yo la intransigente” (editorial Tiempo Nuevo). Una serie de artículos publicados en El Nacional, con temas que hablaban sobre todo de la liberación de la mujer. De todas maneras recomiendo que se lea este libro para conocer una parte de nuestra Venezuela de aquellos años. (Yo soy una de las pocas personas que lee con criterio en este país, y no pido perdón por decirlo). Hay un artículo de Sofía en ese libro que retrata la Venezuela del Puntofijismo. La locura del nuevo-riquismo: “Los jóvenes de hoy -me decía un amigo- mientras más se les da, más piden. Me lo decía molesto y es posible que con relación al caso a que se refería tuviera razón. Se trataba de un hijo suyo que a los diecisiete años ya ha viajado por el mundo entero, sabe tres idiomas, ha esquiado en Sait Moritz y hecho pesca submarina en Tahití, conoce Grazy Horse Saloom de París y el Morocco de Nueva York, hizo su bachillerato en la Academia Philllips y el año que vienen va a entrar en Harvard... Pues bien, el mozo de marras lo ha tenido todo, pero siempre le parece poco, siempre quiere más. A los once años tuvo una minimoto, a los trece motocicleta, y a los quince automóvil. Pero el Jaguar que anda manejando ya no le satisface: lo que quiere es un ferrari, y dentro de un año querrá un avión. ¿Y qué da a cambio el mocito?”

 

A Sofía le dio por liberarse, por conocerse y saber quién era y lo llegó a saber en demasía. La verdad es que lo peor que le puede pasar a un hombre de talento (como le sucedió a Meneses) es casarse o ponerse a vivir con una mujer con ínfulas intelectualoides.

Sofía seguramente leyó a Meneses y le gustó la naturalidad con que trató el tema del sexo, cosa que nadie lo había abordado como él en Venezuela. Gallegos no se mete en esas honduras y todo sobre este asunto lo hace muy superficialmente. Doña Bárbara no tiene piernas seductoras ni senos; nada se palpa, y su seducción parece más hombruna que otra cosa. Marisela se vuelve puro melindre y lejanos jugueteos. Santos Luzardo parece un llanero extraordinariamente urbanizado. No hay un beso ni algo que estremezca los sentidos en lo más íntimo del hombre o de la mujer.

Guillemo Meneses comete otro error: se gradúa de abogado, lo hacen Procurador del Estado Miranda. Guillermo es feo y algo estrábico. Mira mejor las cosas con su mirada irónica e indirecta. Y así también escribe, y aquel muchacho que se había educado con los jesuitas comienza a ser tentado por los demonios de las mujeres. De muchacho comienza contemplar hermosas negras desnudas, y hace sus primeras visitas a los burdeles. Tal vez sólo para ver. Se le despiertan los sentidos y se le amplia la visión del mundo. La letra que escribe lleva la sal de lo imposible y de lo erótico, una mezcla explosiva. Se emborracha de vida y prueba el licor de las fantasías.

Meneses se hace medinista (como ocurrió con la mayoría de los grandes escritores de la época a excepción de Andrés Eloy Blanco y Rómulo Gallegos). Y desde esa época (1942) los adecos lo odian.

En 1944, el año en que yo vengo al mundo, Guillermo Meneses, quien se consideraba muy imperfecto para andar buscando multiplicaciones, se enamora de Sofía, y del flechazo de cupido al momento en que cruzan anillos sólo transcurren 17 días.

Locuras endemoniadas. Guillermo conoce a una muchacha que va disfrazada de negrita, la negrita le coquetea y él queda conquistado. Guillermo que tanto sabe de bailes, de embrujos y de negros, aquello debió trastornarlo. Él le pide a la negrita que le muestre las manos y descubre por sus uñas que es la misma muchacha que había conocido días antes en el Hotel Majestic: Sofía. Aquello, dice Alfredo Armas Alfonzo, fue un terremoto de pasiones, en un hombre que vivía “una soledad aterradora”.

Ya casados y felices, se van a vivir un tiempo a Bogotá. Pasan largas veladas entre los hombres de garnacha del mundo tan abogadil, aburrido, curero y falso de la intelectualidad neogranadina. Y Sofía se convierte en la estrella más irreverente de aquellas tertulias porque escandaliza hablando del divorcio, y de que la mujer debe liberarse. Guillermo cree que aquellas cosas son metáforas, lirismo de la juventud, encantos irreverentes y juegos de palabras.

Regresan a Venezuela. Luego viene el derrocamiento de Gallegos, que en su fuero interno celebran Meneses y su esposa. Sofía se empeña en que se deben ir a París y buscar así para don Guillermo un cargo diplomático. Refiere Josefina Juliac de Palacios que “él aceptó el cargo, porque Sofía lo impulsó a hacerlo. Frente a ella era de gran debilidad” (tomado del libro de Arlette).

Toda la etapa del gobierno de Marcos Pérez Jiménez la pasa la pareja en París. Allá el existencialismo y el sicoanálisis están a todo vapor. Los izquierdistas vivían rodeando a la pareja: se reúnen con marxistas como Gerard-Anne Phillippe. A ambos les encanta la pose revolucionaria de aquellos años de incendios con proletariados a la cabeza, pero Guillermo piensa que él viene de familia de alto copete social y que debe mantenerse a la distancia (de la plebe). Sofía lo impulsa a ser más radical. Whiskies, vinos, saraos, recitales y conciertos. Recorren toda Europa. Sofía que anda en la búsqueda de sí misma vive de sofá en sofá, sicoanalizándose. La trata el famoso psiquiatra francés Lagache, y ella convence a Guillermo para que también se trate con este sabio. Se embeben en las lecturas de las obras de Sartre y Simone de Beauvoir, aunque los dos son ignorantes en el tema de la filosofía.

En 1956, estalla la primera crisis emocional. Guillermo decide regresar a Venezuela pero Sofía considera que todavía sigue sin encontrarse a sí misma, pese a sus pertinaces tratamiento con Lagache, y se queda en París, y ella le confiesa a Arlette: “Yo siempre he odiado la mentira. Quería despojarme, saber algo, saber quién es una. Lo que sucedía. Lo que me sucedía”. (citado en el libro de Arlette.)

Esta separación desquicia terriblemente a Guillermo, a quien le hace falta su mujer. Implora Guillermo de nuevo por el cargo en París pero éste ya ha sido ocupado y tiene que que aceptar otro en Bruselas. Cuenta Sofía: “La de Bruselas es una experiencia pobre. Vivimos épocas difíciles. Yo me veía con Lagache y tenía que viajar en tren durante ocho horas... Primero a diario, después fueron tres veces a la semana. Como pasábamos mucho tiempo separados, ideamos algo para mantenernos en contacto: Yo escribía una carta en el tren y cuando llegaba, en la poste restante de París, me estaba esperando una de Guillermo... Allí también Guillermo se enfermó. Casi se muere. Nuestra vida giró alrededor de su enfermedad. Tenía diverticulitis”. Y añade su hija Sara: “Se sentía mal. No decía nada y tenía dos perforaciones en el intestino” (del mismo libro).

Cae la dictadura de Pérez Jiménez. Los adecos están indignados con Meneses y le harán la guerra: son sectarios y no perdonan. La izquierda está decidida a echarle una mano a Guillermo. Como pueden los Meneses entran calladitos al país, y el conocido escritor comienza a trabajar en El Nacional, y en unos trabajitos que le pasa Ramón J. Velásquez desde la Secretaria general de la Presidencia. Por un artículo aparecido en la Pava Macha, el ministro de Relaciones Interiores, Carlos Andrés Pérez lo llamó en funciones del cargo y le reclamó la falta de respeto por la investidura presidencial.

Meneses, como director de la revista CAL, sufre la inconsecuencia de un grupo de intelectuales de izquierda que chulos y aprovechadores se pliegan a la política cultural de los adecos (cuando Caldera llegue al poder, la cosa será espantosa, hasta a Ludovico Silva lo petrificarán con un cargo).

Sofía anda fascinada con los atrevidos muchachos de la Juventud Comunista que desafían al gobierno, y hasta se llega a empatar (de empatía) con ellos (me refirió Argenis Rodríguez). La pareja tiene otra crisis y muere CAL, después de 60 números en cuatro años.

Cuando fallece el cronista de Caracas Enrique Bernardo Núñez, Guillermo quiere suceder al entrañable amigo, porque varios amigos del gran escritor hacen gestiones para conseguirle ese cargo, entre ellos Arturo Uslar Pietri. Pero los adecos no perdonan y se comportan horriblemente rencorosos con el pobre Meneses. El propio Uslar cuenta que lo llamó el presidente Raúl Leoni y le pidió que se buscara un candidato que no fuera Meneses.

Guillermo va entrando en una terrible depresión, y se entrega a la bebida, y vive solo. Sofía confiesa: “Yo no abandoné a Guillermo. Sencillamente me enamoré de otro hombre y se lo dije”.

El derrumbe de Guillermo es espantoso y el 23 de diciembre de 1967 sufre una hemiplejia (infarto pulmonar y embolia cerebral), e inválido tendrá que sobrevivir once años más, hasta 1978. Muere en la más entera soledad.