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Una deuda con Argenis Rodríguez

José Roberto Duque

Desde noviembre de 1999 tenía una deuda personal con el escritor Argenis Rodríguez. Esa deuda dejó de ser personal cuatro meses después, porque Argenis se suicidó. Yo pude haberme hecho el güevón y quedarme con las joyas que el tipo me consignó: dos novelas y dos volúmenes de testimonios de esos que él gustaba de llamar "Memorias". Sus títulos: Escrito con odio, parte 2, La toma de posesión del presidente Chávez y el secuestro del ingeniero Nagen; De putas, chulos y barraganas (novela de buenas costumbres) y El asesinato del Presidente. Me entregó esos manuscritos más o menos organizados en una carpeta horrible y deshecha, con la siguiente indicación: "Vé a ver si alguien imprime eso, ya yo no tengo cómo publicar".

Confieso que esta de arriba era la imagen que tenía en la mente cuando describí a Gerardo Leiva en la introducción de la novela No escuches su canción de trueno: Argenis entregándome unos manuscritos amargos y poderosos, como toda su obra, para librarse de ellos.
La semana pasada, casi diez años después de aquella entrega, me tropecé en Caracas con su hermano José Sant Roz, y le devolví aquellos papeles. El profe se sorprendió de que yo no hubiera hecho uso de esas obras o que no las hubiese guardado para mí. Le respondí que no tengo alma o agallas de coleccionista, exhibicionista o ladrón. Pude haber atesorado esas curiosidades editoriales, tal vez joyas de la literatura, pero su familia seguramente publicará las obras y les dará la difusión que se merecen. Yo no pude hacer nada con ellas en diez años. Ni siquiera entregárselas Melysendra, la última esposa de Argenis, con quien he mantenido comunicación vía correo electrónico. Al final uno no anda acumulando bienes sino militando en la acumulación originaria de sensaciones y recuerdos.

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El primer contacto con Argenis Rodríguez lo realicé para incluirlo en una encuesta telefónica de Feriado, la revista dominical de El Nacional, sobre un tema si se quiere ligero: era un recuento de los autores de best sellers venezolanos, esos libros que la academia no considera alta literatura pero que agotaron varias ediciones y generaron polémica en su momento. Escrito con odio era uno de esos libros. Conversé cinco minutos con el escritor y publiqué su breve comentario. Una semana después apareció en la sede de El Nacional, preguntó por mí, conversamos y entonces decidí realizarle una entrevista de personalidad más amplia.
La entrevista, que según sospecha su hermano fue la última que se le hizo, fue publicada en Feriado, si mal no recuerdo en diciembre de 1999. En ella declaró cosas muy duras, como por ejemplo que hacía muchos años había tomado la decisión de suicidarse y que ya lo había intentado. En su muñeca izquierda tenía la evidencia de uno de esos intentos: una cicatriz blanca y nítida.
Después de este encuentro se inició algo que pudiera llamarse una amistad, aunque quizá yo intenté que no lo fuera. Una vez nos tomamos unas cervezas en La Candelaria y al cabo de unas pocas ya le estaba buscando peo a un mesonero. Me contó, con una voz dulce que contrastaba con la reciedumbre de su prosa, de su incorporación a la guerrilla, de cómo lo dejaron botado en un rancho con agua y alimentos para un gentío, pero que nunca fueron a buscar. Me habló de sus enemigos, de sus peleas callejeras, de su exilio, de sus amores y obsesiones, la más reciente de las cuales era una muchachota de 14 años de esas que tienen más tamaño que edad. Frente a mí tenía a tremendo conversador, tremenda vida, tremendo personaje, así que valía la pena el encuentro. Pero de vez en vez el hombre detenía el relato o la reflexión para repetir: "¿Sabes una vaina? Te tengo envidia", y lo decía con una sonrisa que era difícil precisar si era provocación, burla o celebración de un chiste malo. Salvador Garmendia había dicho o escrito antes que a él le decía lo mismo; tengo la sensación de que se lo decía a todos los escritores nomás por incomodarlos. Conmigo lo logró. Empecé a verlo con una cautela que a lo mejor era miedo o ganas de meterle un coñazo.
Me llamó muchas veces en las semanas siguientes. Me invitó a comernos una parrilla en casa de su hermano Adolfo, en San Juan de Los Morros. Cuando no podía atenderlo me dejaba mensajes de varios minutos en el celular. Necesitaba un pana que lo escuchara, como todos. Sus llamadas eran la manifestación de una soledad que causaba estragos en un hombre atormentado.

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Ahora tengo otra deuda con Argenis y con su familia, y esa sí no sé cómo pagarla. También es una deuda conmigo, una deuda que yo llamaría "profesional" si esa palabreja no me insultara. El día que supe de la muerte de Argenis, en una reseña breve de El Nacional, me comuniqué con su hermano Adolfo. Éste me habló de sus angustiosas últimas semanas, del deterioro de su ya devastado carácter. Y me contó (y caramba, me cuesta mucho decir que no me lo contó: estas cosas no se olvidan) que lo encontró en un charco de sangre, con las venas cortadas y una venda alrededor de la muñeca, que tal vez se colocó en el arrepentimiento final. Juro que ese relato es lo que me trae la memoria. Pero tiempo después, cuando Sant Roz publica el homenaje póstumo titulado Desesperación Calificada, me percaté de un detalle que me molesta: del grupo de cronistas, escritores, periodistas y columnistas que escriben sobre su muerte, el único que dice que murió desangrado fui yo. Todos los demás dicen que se ahorcó.
El profesor Sant Roz me lo confirmó en nuestra reciente conversa: Argenis se ahorcó y su hermano Adolfo (con quien no he logrado hablar después) intentó revivirlo. Pero mi testimonio embustero y deformado queda por ahí.
Por cierto, esa crónica la publiqué originalmente en TalCual, el periódico cuyo director es Teodoro Petkoff, quizá el personaje más insultado y vejado por Argenis. Juro que no fue una provocación o insulto velado de mi parte, pero vaya que debió parecer muy extraño el que ese día, en la primera página del diario de Teodoro, resaltara como gráfica principal una fotografía de Argenis Rodríguez. Petkoff me llamó aparte, cuando ya estaba publicado, y me comentó en un tono en el cual no percibí resentimiento alguno (aunque quién sabe; todos tenemos sangre en las venas): "Ese carajo dedicó varios libros a tirarnos coñazos a mí y a mi hermano Luben". Y después, ya en plan de director del periódico: "No estoy de acuerdo en que fue el escritor venezolano más prolífico. Y caramba, la próxima vez hay que hacer primeras páginas más atractivas. Esa portada no vende".
Y de bolas: Argenis Rodríguez no vendía ni se le vendía a nadie. Por eso quizá murió en su ley.