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Rubén Alves (1934-2014): El humanismo mesiánico y el mesianismo humanista

Enrique Dussel

En 1968, mi amigo Rubén Alves defendió en Princeton (universidad presbiteriana estdunidense) su tesis doctoral (que he leído personalmente en su texto mecanografiado), con el título, en inglés en el original, de Hacia una Teología de la Liberación. Por desgracia fue traducida y editada en Montevideo con otro título más de moda en ese tiempo: Una teología de la esperanza, haciendo referencia a la teología del alemán Juergen Moltmann. Los editores no imaginaban que Rubén iniciaba una nueva historia de la teología, y eurocéntricamente los editores no advirtieron la novedad, y con ello despistaron al lector.

En efecto, Rubén iniciaba una nueva época, una crítica de la teología como crítica del lenguaje. Desde H. Marcuse y K. Marx puso en diálogo dos lenguajes hasta ese momento aparentemente antagónicos. Se trataba de hacer un diálogo entre el humanismo mesiánico marxista y el mesianismo humanista del cristianismo. Era completamente original y novedoso. Continuaba la línea de la teología de la revolución presbiteriana de Richard Shaull, un querido amigo, pero se habría a un nuevo horizonte.

Era un brasileño de esa comunidad protestante, no católico, de gran inteligencia y sensibilidad poética (ya que en efecto se especializaría en este campo posteriormente). El marxismo, como un humanismo mesiánico, podía dialogar con el cristianismo primitivo y auténtico, pues este es un mesianismo humanista.

Esa hipótesis por primera vez desarrollada por Rubén ha venido a ser considerada hoy, al comienzo del siglo XXI, como de moda. Walter Benjamin, con su mesianismo materialista y las obras de G. Agamben sobre Pablo de Tarso (en su estudio sobre la Carta a los romanos, tan importante para el protestantismo) autorizan ese nuevo pensamiento. Pero hace casi 50 años (en 1968) Rubén llevaba a la práctica un discurso que desarrollaba explícitamente las hipótesis actuales, y que dos años después cobraría importancia en el ámbito latinoamericano católico como Teología de la Liberación. Se trata entonces de una cuestión ideológica fundamental.

En efecto, Marx indica que la crítica de la teología es la crítica de la política (cuestión que he tratado ampliamente en mis obras), y esto porque muchos cristianos invierten el significado mesiánico y crítico del cristianismo para hacerlo coherente con el liberalismo y el capitalismo. Es necesaria, entonces, una crítica de la teología que ha invertido al cristianismo de los primeros siglos, habiéndolo transformado en un cristianismo invertido capitalista. Y el mejor ejemplo para Marx era el calvinismo. El presberianismo inglés de John Knox o de Adam Smith era ejemplo de esa inversión. Es por lo tanto importantísimo advertir que es un presbiteriano latinoamericano el que corrige la plana a sus fundadores, e invirtiendo la inversión pone el cristianismo sobre sus pies (porque estaba de cabeza).

Era necesario mostrar que el auténtico cristianismo mesiánico (el del fundador del cristianismo y en la línea de Walter Benjamin) es incompatible con el liberalismo y el capitalismo. Esa crítica de la teología la ha realizado (y lo sigue realizando) la Teología de la Liberación, autorizada aún por Marx, y hasta por el papa Francisco en Roma, ya vislumbrada cabalmente en 1968 por Rubén Alves.

Marx indica muy claro en La cuestión judía que el crítico tiene todo el derecho de poner al cristiano en contradicción con su Biblia (que para éste es sagrada) cuando acepta el Estado cristiano prusiano o el capitalismo, posteriormente.

Ese poner al cristiano en contradicción consigo mismo, de su praxis con su texto sagrado, es labor de una crítica teológica que Marx hacía frecuentemente usando la Biblia para criticar posiciones económicas. Por ello, la Teología de la Liberación, como nos indicaba Michel Lowy en una conferencia dictada en México, es no sólo la realización de la crítica de la teología sugerida por Marx, sino que es explícitamente la teología sugerida por Walter Benjamin cuando nos habla del enano bajo el tablero de ajedrez del turco que siempre gana la partida.

Rubén no es el padre de la Teología de la Liberación, porque su padre fue y es el pueblo latinoamericano que ha ido desfetichizando su religiosidad, en aquellos movimientos sociales críticos, como el de la Virgen morena mexicana. Pero fue Rubén un profeta que iniciaba teóricamente una nueva edad interpretativa en América Latina, junto a la Teoría de la Dependencia y el boom literario del realismo mágico, y que anticipaba la época que vive América del Sur (no nuestro México, por desgracia, que como vagón de cola del tren norteamericano continúa la vieja historia de un colonialismo evidente).