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ASÍ SE FRAGUÓ EL PACTO DE NUEVA YORK, ENTRE BETANCOURT, CALDERA Y VILLALBA

PUNTO FIJO

En diciembre de 1957 ya el gran plan está lanzado. Betancourt se encuentra en Washington y se reúne con el Departamento de Estado. Le acompaña Serafino Romualdi. He aquí parte del informe “confidencial y muy privado al Comité Coordinador de las Actividades de Acción Democrática en el Exterior”:

Como eran los días navideños y varios funcionarios salían de vacaciones, esa reunión se precipitó. Se realizó en la Oficina del señor Davis, coordinador de los asuntos suramericanos y asistieron,

el funcionario a cargo de la oficina de Venezuela y el jefe de la oficina de relaciones obreras para América Latina. La reunión se prolongó desde las 10 a.m. a las 12 pm. En ella planteé dos tesis: a) nuestra posición positiva ante el próximo proceso electoral; b) nuestra actitud cuestionadora de la legalidad de las concesiones petroleras otorgadas por esa gente […] Posteriormente a la reunión, en contacto realizado con uno de los asistentes en una fiesta particular que me dio Serafino Romualdi, me dijo esto: 1) fue muy positivo  todo lo hablado y coincidieron los asistentes en que el planteamiento fue serio, responsable; 2) Se manifiestan interesados en la solución “a la peruana” y dicen que contribuirán a su éxito en lo que sea posible. Todo lo cual lo transcribo objetivamente, bajo beneficio de inventario.

Muy movido estuvo ese mes de diciembre también con reunionesen New York: 1) una larga entrevista y almuerzo con Jay Lovestone, el “arquitecto” de la política exterior de AFL-CIO; 2) entrevista y almuerzo con Adolph Berle, ex-Subsecretario de Estado y consejero de política exterior de los demócratas, muy influyente en el Departamento de Estado; 3) entrevista y almuerzo con Max Ascoli, director de la revista The Reporter; 4) entrevista y almuerzo con Levias, director de la revista New Leader; 4) rueda de prensa ajustadas estrictamente a un texto previamente elaborado en ingles; 5) almuerzo en Carnegie. 6) Reunión con urredistas en Washington, en respuesta a una pregunta de la Señorita Frances Grant, “la autoricé no solo para invitar a los urredistas a la comida, sino para pedirle a Jovito Villalba que hablara con ella, expresando sus propios y autónomos puntos de vista”.

 Los tres solidarios “demócratas liberales”: Betancourt, Caldera y Jóvito, los del Pacto B-C-V, están ofreciendo sus buenos oficios para controlar cualquier tipo de conmoción una vez que Pérez Jiménez entregue el mando. En los primeros contactos, siempre llevados de la mano de la señora Frances Grant, han sido muy bien recibidos por el Departamento de Estado; se les ha dado luz verde, con todo tipo de protecciones y recursos, para que procedan, con sensatas acciones, a elaborar un plan que no entorpezca en modo alguno el flujo de petróleo a Norteamérica, fuerza y razón de la democracia y de la paz en el mundo libre. Al fin se les ha informado que ciertamente ya Pérez Jiménez no califica para otro período; que la embajada de Estados Unidos en Venezuela estaba entregada a mover las piezas necesarias para salir del régimen entregándole toda clase de asistencia económica a grupos de oficiales y a empresarios, para dar inicio a los primeros conatos subversivos. La Creole en Venezuela va a prestar una invalorable ayuda, cerrando sus estaciones de servicio de gasolina. La CIA dispondría de un centro de monitoreo permanente de la situación política nacional, y se reuniría con Richard Nixon para definir una estrategia de acción inmediata en caso de ser necesaria una intervención.

El acuerdo de los del Pacto B-C-V, queda sellado en el New York Athletic Club. Uno de los puntos que se planteó en esa reunión fue sacar de circulación a Fabricio Ojeda, militante de URD, quien estaba adquiriendo una “peligrosa” figuración en las acciones de calle contra la dictadura. Era Fabricio presidente de la Junta Patriótica.

Al tiempo que estos agentes del imperialismo se armaban para tomar el poder, Pérez Jiménez (de la misma especie), no dejaba de enviar comisionados a Washington para hacerle saber a la CIA, del gran peligro que representaba dejar a la deriva la nave del Estado venezolano, con inexpertos políticos como Betancourt y Caldera. Washington trató de abrir un compás de espera para tomar una decisión a favor de los Tres Mosqueteros del Pacto de Nueva York, pero en ese momento una sublevación capitaneada por el Teniente Coronel Hugo Trejo precipitó los acontecimientos.

Se suscitaría entonces, una constante pregunta en las oficinas del Departamento de Estado: “¿Quién es ese Teniente Coronel Hugo Trejo?”.

En la noche del 30 de diciembre, el dictador llegó a conocer ciertos pormenores de la inmensa red que le habían tendido desde el exterior. Se ordena la detención del general Jesús María Castro León y de otros oficiales de la Guarnición de Caracas. El 1º de enero, un avión que sobrevuela Caracas anuncia la rebelión de los militares de la Fuerza Aérea de Maracay; más tarde los ataques desde el aire se harán más intensos, y en el centro de la capital las baterías antiaéreas vomitarán fuego. El ruido de la metralla y los cañones que sacuden a la ciudad se confunden con el estallido de las luces de artificio, con el alborozo de las fiestas y los abrazos efusivos de fin de año. La mañana va transcurriendo en medio de cuentos, rumores y silencios extraños. En la Avenida San Martín la Junta Patriótica espera comunicarse con los sublevados, en medio de indecisiones y confusas informaciones. No aparecen los líderes, no se percibe la organización de ningún grupo político para actuar. Y además, el pueblo no reacciona.

Por la noche, Hugo Trejo ya está listo para comandar el Motoblindado “Bermúdez” y el Grupo de Artillería “Ayacucho”. Pérez Jiménez se dirige a la nación como para que se sepa que todavía tiene el gobierno bajo control. Corren bolas sobre un ataque envolvente contra los alzados en Maracay. Se anuncia el avance de una docena de tanques hacia Miraflores, lo que hace cundir el pánico en el refugio antiaéreo del palacio presidencial. La penosa vacilación de los alzados se va pareciendo cada vez más a la enorme incapacidad del gobierno para controlar la situación. Pérez Jiménez hace amagos por preparar a su gente ante una posible embestida, pero sin una clara coordinación de sus fuerzas. Las unidades organizadas para la defensa piden más información, pero los organismos de inteligencia no consiguen saber por dónde viene el ataque. El dictador se desespera, solicita que se indague más antes de “jugarse el todo por el todo”. Hay un punto máximo de tensión, mezclado con la confusión que paraliza a todos los comandos: un sordo grito de victoria se escucha, y nadie sabe por qué. Se esparce la noticia que la columna de tanques ha desviado su rumbo y ahora va hacia Los Teques.

Inmediatamente, el gobierno con maquinaria pesada ordena obstruir la carretera Panamericana y la carretera Antínamo-Petare. En verdad, Trejo buscaba ganar tiempo para que la Marina de Guerra y las Fuerzas Armadas de Cooperación reaccionaran contra el dictador e impedir una gran mortandad. Pero esto, lo que ha hecho es que Pérez Jiménez se recupere. Maracay termina por caer en manos del dictador, y cuando Trejo determina moverse a esta ciudad cae preso.

Más de 30 horas habían permanecido Pérez Jiménez y su séquito en aquel refugio antiaéreo del Cuartel Presidencial. Siguen unos días muy tensos; las cárceles están llenas de políticos y militares. Sigue acrecentándose todo tipo de rumores; la ciudad se inunda de “mariposas” que invitan al pueblo a la rebelión, pero sigue sin encontrarse eco a estos llamados. El 9 de enero hay unos tímidos anuncios de convocatoria a un paro de todas las actividades. Los perezjimenistas comienzan a dividirse. El coronel Pérez Morales redacta un memorando en el cual solicita al presidente la designación de un nuevo Gabinete; en él se expresa la formación de un nuevo gobierno sin la presencia de Pedro Estrada ni Vallenilla Lanz.

El día 10 ya se tiene nuevo Gabinete, 50% civil y 50% militar, lo cual revela que el gobierno está cediendo terreno a las presiones y por tanto se encuentra muy golpeado. El día 11, continúan los políticos haciendo llamados al pueblo y pero se mantiene esa calma chicha, en la que pareciera percibirse que nadie cree en nadie. Ya ha salido del país Pedro Estrada y Vallenilla Lanz.

El domingo 12 de enero, persiste la calma chicha en toda la ciudad. Todavía el lunes 13, los llamados a huelga siguen sin encontrar la suficiente fuerza para paralizar la capital, y algunos comercios cierran sus locales más por miedo que por otra cosa. Incluso, para la tarde corre un gran desánimo en el pueblo porque se siente que el ataque contra Pérez Jiménez se está desvaneciendo. La embajada norteamericana se mantiene en sus trece para no tener ningún tipo de contacto con el gobierno, y para que arrecien los disturbios continúa prestando todo tipo de apoyo a los jóvenes estudiantes del partido COPEI. Lo que más daño está haciendo en el gobierno son las ambiciones desatadas por una fiebre de poder dentro de los grupos más cercanos al dictador. Otra medida, debilita aún más a Pérez Jiménez: expulsa del país al recién nombrado ministro de la Defensa, Rómulo Fernández.

El día martes 14, cunden una serie de manifiestos de grupos de intelectuales, de periodistas, de abogados, arquitectos y médicos, y como pareciera que el régimen pudiera estabilizarse, la Creole ordena no vender más gasolina y cierra todas sus estaciones de servicio. Ya está declarada, pues, la guerra por parte de la filial más poderosa de la Standard Oil, lo que Pérez Jiménez percibe como muy grave. Por esta razón, a las pocas semanas veremos por aquí al Vicepresidente Richard Nixon, enterándose de cómo había sido la contribución de su país en la caída de Pérez Jiménez.

El miércoles 15 se siente gran inquietud en la Marina de Guerra. En la Plaza Miranda se producen unos leves alborotos y en los alrededores de este sector comercio cierra sus establecimientos; se oyen gritos aislados de “¡Abajo la dictadura! ¡Abajo el tirano!” Todavía ni siquiera se atreven a gritar: “¡Muera el tirano!”

El jueves 16, algunos liceístas salen a protestar; se producen escaramuzas en el centro, hay disparos y de nuevo, la calma chicha. Está circulando un manifiesto de profesores de Educación Media. La convocatoria para la huelga general se replantea para el día martes 21, a las doce del día. Pérez Jiménez se siente abatido, ha perdido a los cuadros más valiosos de las Fuerzas Armadas, todos ellos “perturbados por la locura generalizada de que se forme un nuevo gobierno”. No sabe en quién creer. Ya no hay donde meter presa a tanta gente.

El domingo 19 se realizan reuniones “subversivas” en distintos lugares de la capital, y la pertinaz calma chicha junto a la versatilidad de las medidas del régimen siguen socavando el poder del dictador. Ya va penetrando en la población el nombre del militar que tuvo el coraje de mover los tanques hacia Miraflores: Hugo Trejo. Saben que está preso y que lo pueden matar.

El día martes 21 amanece la capital sin prensa. La ciudad desierta y prácticamente todo el comercio cerrado. Hay una sensación de que el gobierno está caído, aun cuando el escritor Mariano Picón Salas, confundido por la gran vacilación de las fuerzas de oposición, ha tomado la decisión de pedir que lo saquen de la lista de los que han firmado el Manifiesto de los Escritores; él no ve que aquella lucha dé frutos, que todo se vienen abajo, que contra el régimen no se puede... Por la tarde y en los alrededores de El Silencio queman dos autobuses. Se oyen ráfagas de ametralladora. Queman otros autobuses en las avenidas Baralt, Sucre y España. A las 6 de la tarde se anuncia un toque de queda y la ciudad queda un poco a oscuras. El día 22 se está a la espera de otro alzamiento militar. Por el contrario la ciudad amanece otra vez muy tranquila. El buró político del PCV se enfrasca en una discusión de si la Junta Patriótica  debe o no suspender la huelga y dar órdenes para que la gente se reintegre a su trabajo. Persiste la posición de continuar con la huelga. Por la tarde se presentan nuevos disturbios. Pérez Jiménez se ha cansado, podría resistir y podría vencer, pero hay dos cosas que los han maleado, el dinero y la necesidad de querer llevar una vida tranquila. Esta posición es la que manifiesta el general Felipe Llovera Páez, uno de los más fieles a Pérez Jiménez desde 1948: “Ya estamos ricos, y cabeza no retoña”.

Wolfgang Larrazábal era un oficial de la Marina, mucho menos preparado que Pérez Jiménez y a quien nunca le había pasado por la mente ser presidente de la república. Aficionado al béisbol, a las revistas de moda y a las radionovelas (era frecuente verle llevar un radiecito de mano pegado a las orejas escuchando Radio Rumbos); había recibido de Pérez Jiménez el cargo de Director del Círculo Militar, donde se había distinguido altamente sobre todo en la preparación de pasapalos, comidas, cócteles y en amenizar con grupos de guaracheros las fiestas del Círculo. Muchas veces le fue elogiada por Pérez Jiménez su presteza y acuciosidad en los pequeños menesteres protocolares, en ocasiones llevando la servilleta sobre la manga engalonada del uniforme azul. A decir de muchos que le conocieron de cerca, era todo un “grumete propiedad del dictador”, experto en la preparación de los mejores vermouth en el Círculo Militar. Recuerda Vitelio Reyes la siguiente anécdota:

Nos divertíamos jugando dominó frente al lago artificial donde con galas de marino de altura dirigía la flota de barquitos deportivos del Círculo. Integrábamos la mesa Villegas Blanco, Veloz Mancera, tú (Larrazábal) y yo. La competencia era interesantísima. De pronto oímos el trepidar de la motocicleta guía del automóvil presidencial. Quien sepa jugar dominó sabe el estado de abstracción a que lleva el juego favorito de los venezolanos. Pues bien, en aquel preciso momento, desatendiste el juego, tiraste a la mesa las dos o tres piezas que tenías y echaste a correr como un loquito: te llamaba el deber. Ibas a preparar el jugo que antes de sus deportes cotidianos tomaba el Presidente.

Para Pérez Jiménez no hubo real resistencia militar el 23 de enero, y muchos de los alzados en cuanto se les acosaba se entregaban. Los sótanos de Miraflores se llenaron de jóvenes oficiales presos. Pérez Jiménez no tuvo energía para luchar por el poder, por ello optó por irse, para luego decir más tarde: “Yo acabé haciéndome enemigo de EE UU, de Colombia y de las compañías petroleras y fueron éstos los que me tumbaron”.

Si algo queda muy claro, es que por lo menos en lo que a la historia de Venezuela se refiere, el pueblo como tal, hasta el 13 de abril de 2002, no tumbaba gobiernos. No tumbó a Gómez. No tumbó a Medina. No tumbó a Gallegos. No tumbó a Pérez Jiménez. Los derrocamientos los provocaba una mano peluda que siempre emergía de la Casa Blanca. Y hay que dejar igualmente definitivo para la historia, que el contralmirante Wolfgang Larrazábal en ningún momento se alzó contra el presidente Marcos Pérez Jiménez.

Las determinantes órdenes de Rómulo desde Nueva York

El mes de diciembre de 1957, Rómulo lo había pasado en Chicago, y ya el 1º de enero se encontraba en Nueva York. Inmediatamente, al llegar a Nueva York se reúne con Romualdi y crea una sala situacional en la que comienza a dar órdenes a la gente de su partido en Caracas. Las más importantes son:

  • Caer inmediatamente a Venezuela, sin esperar que se tranquilicen las cosas. Hay que meterse dentro del caos para contribuir a orientarlo en su sentido beneficioso para Venezuela y el partido.
  • Controlar la grave situación que se está presentando en la quelos cuadros internos del partido no quieren reconocer a los mandos externos; y los de afuera no quieren regresar al país, porque al parecer los militantes que se quedaron en la resistencia interna quieren ahora hacer su propio camino sin contar mayor cosa con el aporte nuestro.
  • Con urgencia, que se ordene el regreso de todos los militantes en el exilio para reincorporarse al Partido, advirtiéndoles que de no deben hacer declaraciones.
  • Empezar una decidida campaña para retomar comandos de Acción Democrática, retirar al Partido de la Junta Patriótica y que se prepare el retorno de Betancourt a Venezuela, para el 9 de febrero.
  • Cuidarse de los alardes de dignidad con los que ahora vendrá el diario El Nacional.
  • Saber que nos hemos templado y endurecido en los largos años de la resistencia y hemos demostrado una vitalidad que puede ser solo sorprendente para quienes ignoran los mecanismos que rigen los procesos sociales. Partidos como el nuestro, con un programa, con una disciplina y con una fe sólidamente enraizadas en la confianza popular, pueden afrontar todos los avatares, sin que se le quiebre la médula espinal. Basta de filosofías, y a cuestiones concretas.
  • Que un comité político conduzca, oriente y represente al partido, y en el que se integren los compañeros Leoni, Dubuc y un miembro del CEN actual. Al ingresar el compañero Barrios debería formar también parte de ese comité político junto con el compañero Lepage y el compañero Malavé, o un líder sindicalista experimentado.
  • El aspecto del apoyo empresarial a la nueva lucha democrática quedará perfectamente concertada con Eugenio Mendoza aquí en Nueva York, quien ha aceptado un puesto en la Junta.
  • En entrevista tripartida (Villalba, Caldera y yo)  quedó muy claro lo siguiente: 1) tenemos acuerdo concreto y claro sobre dos cuestiones: a) propiciar una especie de tregua política en los próximos meses, dedicando mayor esfuerzo a reorganizar los partidos internamente que a la agitación callejera; y disposición de firmar hasta un solemne pacto, mediante el cual se elimine definitivamente en la lucha la interpartidaria pugnacidad agresiva y el desplante provocador; se trata, en síntesis, de civilizar la lucha política.
  • No tenemos por qué entrar en competencias mitinescas.
  • Seríamos unos irresponsables si cayéremos en el jueguito del asambleismo.
  • Necesitamos abrir nuestra Casa Central y nuestras Casas Locales en el resto del país.
  • El proceso de reestructuración de nuestro Partido lo vamos a realizar dentro de los locales y no pensamos salir a la plaza pública dentro de un periodo de tiempo prudencial.
  • Las Direcciones Regionales deben ser escogidas por la Dirección Nacional.
  • Para las tareas del Partido necesitamos de inmediato reunir una apreciable suma de dinero. Estimable por lo menos en unos doscientos mil bolívares. Propongo: “Que se hable con Alejandro Hernández, quien me prometió aquí suscribir un pagaré en el Banco de Salvador Salvatierra, por Bs. 100.000, para ser prestado a nosotros. Salvatierra va viajando en el vapor “Santa Paula”  y debe estar llegando ya a la Guayra. También hablé con él sobre el particular. Mi conversación con Alejandro fue anterior a la caída de Pérez Jiménez. Si se  presentara inconvenientes, podría lograrse también que se reforzara ese pagaré algunos otros amigos nuestros (todos empresarios), como Bertorelli, Rios Vale, los Benedetti, los Haieck, etc. No se trataría de una donación, sino de un préstamo. Se debe ofrecer que nosotros firmaremos un documento privado a quienes respalden el pagaré comprometiéndonos a atenderlo.”

 

VÉASE EL LIBRO "EL PROCÓNSUL" DE JOSÉ SANT ROZ