Pasar al contenido principal

CONOZCA NUESTRA HISTORIA: QUIÉN FUE EL GENERAL EMILIO ARÉVALO CEDEÑO

EMILIO

Emilio Arévalo Cedeño nació en Valle de la Pascua el 2 de diciembre de 1882. Su padre había sido otro general, soldado de la Federación, que combatió al gobierno de Guzmán Blanco, don Pedro Arévalo Oropeza.

Estudio en el Liceo Roscio de Altagracia de Orituco. Pronto abandonó el colegio (porque fue cerrado por orden del ministerio de Educación) y se dedicó a recorrer los llanos. Fue comerciante ambulante, socio de una pequeña imprenta en Altagracia de Orituco, y fundó un periodiquillo llamado “Titán”, que sólo tuvo ocho números. Luego puso una bodega que se incendió totalmente. Volvió al comercio de frutos y animales, hasta que se dedicó a dominar plenamente el oficio de telegrafista que ya había practicado en su labor periodística.

En San José de Río Chico fundó otro periódico llamado “Helios”, también de poca duración. En 1905, siendo orador de orden en una fiesta social, lanzó severos ataques contra la tiranía de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. En 1908 lo encontramos en Caracas, durante la caída de Castro, tomando parte activa en los asuntos políticos. Fue testigo de la poblada contra el diario “El Constitucional”, fuertemente reprimida por el gobernador del Distrito Federal Pedro María Cárdenas. Cuando la comedia de Gómez se inició el 19 de diciembre de 1908, y casi nadie reaccionó, don Emilio quedó de una pieza contemplando como: “ ¡¡Los venezolanos renunciaron a su sexo para convertirse en mujeres!! Los venezolanos sintieron placer y orgullo en ser esclavos de Gómez y de su tribu...”

En realidad Arévalo Cedeño entra en la guerra contra Gómez como un Michael Kolhas, por el robo de unos caballos que le hicieron los genízaros de Gómez: “Negarme a entregar los caballos era ir a la cárcel, y como o sé protestar contra las tiranías con un fusil en la mano, y no he nacido para esclavo sino para ser hombre libre, resolví aceptar el brillante negocio que me proponía el general Moros, pero desde ese momento juré en silencio y por la memoria de mi padre, que abandonaría hogar, esposa y todo para irme a la guerra, esperando tan sólo el momento para justificar bien ante la Nación mi aptitud de patriota, la reelección de Gómez por siete años más... El hombre de trabajo se transformaría en guerrero, jurando no claudicar jamás de su condición de ciudadano digno, estar siempre de pie con el fusil en la mano ante la afrentosa tiranía y no permanecer ante ella de rodillas ni boca abajo como los esclavos vencidos, como lo estuvieron ante el monstruo de “La Mulera”, la mayoría de mis compatriotas, durante los veintisiete años que cubrieron de duelo el hogar venezolano”.  

La acción más extraordinaria de este guerrero fue la derrota y captura del monstruo Tomás Funes quien fungía de jefe del Territorio Federal Amazonas, y que junto con Vicencio Pérez Soto y Eustoquio Gómez constituían los tres formidables pilares militares del presidente Juan Vicente Gómez. El fusilamiento de Funes por parte de Cedeño puede considerarse una de las acciones más épicas realizada este siglo, si se toma en cuenta la poderosa fuerza que tenía este hombre para proteger sus multimillonarios intereses en batalá. Funes es tétricamente retratado en la novela La Vorágine por José Eustacio Rivera, y parece un prodigio de maldición abortado por lo más abyecto de la selva.

En un país aterrado por la represión más sanguinaria de todos los tiempos, el desafío de Arévalo Cedeño fue un acontecimiento único: derrotó en varias oportunidades a las fuerzas gomecistas en contiendas como la de Santa María de Ipire donde acabó una fuerza diez veces superior a la suya, comandada por el General Manuel Sarmiento, presidente del Estado Guárico y quien a la sazón se encontraba en Valle de La Pascua. Luego habría también de triunfar en Gafualito, y estuvo a 190 kilómetros de Maracay, donde estaba el don Bisonte bastante preocupado. A las fuerzas de Gómez las había vencido en Río Negro, Cenizas, Guasdualito, Campo Alegre, Bruzual, Cuchivero, Lezama, Turén, Acarigua y Araure. Como era telegrafista, desde algunos puestos que tomaba en sus andanzas le echaba vainas a Gómez enviándolo mensajes que lo sacaban de sus casillas. En una oportunidad habiendo provocado don Emilio una desbandada en el ejército gomecista del general Manuel Padilla, éste no obstante envió un mensaje telegráfico a Gómez diciéndole que había derrotado al faccioso Arévalo Cedeño. Enterado don Emilio del mensaje, al día siguiente toma el pueblo de Santa Ana y conocedor de la línea sur-este manipula el aparato, llama con la señal “treintiuno” (distintivo de los telegramas para Gómez) y le escribe: “... De acuerdo con mi telegrama de ayer, tengo la satisfacción de participar a Ud. Que he capturado al faccioso y ladrón Arévalo Cedeño, suplicando a Ud. Respetuosamente se sirva decirme que hago con él...”

En otra oportunidad, cuando el gobierno de EE. UU. solicitó a Gómez diera libertad a los presos y convocara al país a elecciones libres, don Emilio tomó la oficina telegráfica de Orituco y trasmitió el siguiente mensaje: “General Juan Vicente Gómez – Maracay. Han llegado noticias a mi campamento de que el gobierno americano obliga a Ud. A abandonar el poder, libertar a todos nuestros compatriotas encarcelados, abrir las puertas de la Patria a todos los desterrados y convocar al país a elecciones. Patriota como soy, convengo en que Ud. Haga lo que se le impone, porque es lo humanitario, lo civilizado y lo republicano; pero debo protestar por la intervención de un poder extranjero en los asuntos internos de nuestro país. Es decir que combatí contra Ud. Y seguiré combatiendo contra los americanos del Norte, porque la herencia de Bolívar es única, indivisible y no permite intervención. Su compatriota que jamás ha sido su amigo – E. Arévalo Cedeño.”

En todas sus proclamas no dejaba don Emilio recordar frases del Libertador. Simón Bolívar era su gran inspirador.

Arévalo Cedeño pone de manifiesto en su trabajo la persistente cobardía del pueblo venezolano, con frecuencia habla de esclavos, no de venezolanos: casi nadie le quiso acompañar en su lucha, fue varias veces traicionado. En sus viajes a Trinidad, Nueva York, Barranquilla, el Arauca y Cartagena, pudo comprobar que los venezolanos allí asilados eran unos charlatanes que le tenían pavor a Gómez aunque contra él lanzasen toda clase de insultos. Fue un hombre muy solo, y solo lucha contra Gómez casi treinta años. Yo recuerdo que mi padre una vez le refirió a mi hermano Adolfo, que él estando en una laguna cerca de anta María de Ipire, vio cuando llegó un grupo de hombres a caballo: era Arévalo Cedeño y su gente. No recuerdo más nada de este hecho.

Poco después de la caída de Pérez Jiménez, estando yo en San Juan de Los Morros, le escuché decir a mi hermano Adolfo que había visto a don Emilio en la Plaza de Los Samanes, quizás esperando un carrito para ir a Valle de La Pascua, donde vivía.

Este libro de Mis Luchas, era propiedad de don Eloi Chalbaud Cardona es de una edición de 1936, elaborado en la Tipografía Americana.

Ya en 1923, encontrándose don Emilio en Nueva York, siempre conspirando contra Gómez, decía: “El petróleo fue una maldición para Venezuela, porque aquella riqueza, así como pasaba a las arcas del tirano, de su familia y de sus favoritos, así también dio fuerzas a la tiranía con el apoyo de los gobiernos de Norte América, Inglaterra, Holanda y Francia y otros más, para que Gómez hiciera la desgracia de nuestra Patria.” Don Emilio hizo más siete invasiones contra Venezuela y jamás fue capturado. Convencido estaba de que los "revolucionarios" venezolanos asilados en Nueva York nada acabarían haciendo por la libertad de su país: “El 12 de abril de 1923 tomaba un barco para llegar a Panamá... dejaba mis compatriotas atrofiados por aquel ruido ensordecedor de que nos hablara el magno poeta de Nicaragua, quienes como atrofiados nada harían nunca por la libertad de Venezuela.”

En la invasión a Venezuela de 1924, Arévalo Cedeño tomó San Fernando de Atabapo y organizó un gobierno revolucionario en el Territorio Federal Amazonas. En realidad el general Arévalo tenía que hacer frente al gobierno de colombiano que también le perseguía. Entonces dirigió comunicaciones a los compatriotas en el exterior para que acudieran donde él estaba haciendo aquella tenaz oposición a Gómez, pero nadie se movió. El tendría que confesar desesperado que aquellos haraganes que se daban a la tarea de criticar cuanto él hacía era los responsables de crímines de Gómez. Y añade en sus memorias: “Pero esos hombres vendrían después satisfechos al país a recibir los cargos de la República, a coger los dineros de nuestros pueblos, porque Venezuela es una nacionalidad en done la sanción no existe, que sabe olvidar muy pronto, en donde es lo mismo ser bueno que malo, ser honrado que ladrón...”

Agobiados por el acoso colombiano y las fuerzas de Gómez y luego de un combate de 36 horas en la boca del Casiquiare, con seis cartuchos y sin comida, emprendieron retirada por el alto Orinoco para alcanzar la frontera con Brasil. Un día cazaron un pequeño mono que tuvo que servir de alimento para veintiocho hombres. En enero de 1925 en una impresionante travesía, llegaron a Santa Rosa de Amanadona para pasar luego al Brasil. Confiesa a sus camaradas, desalentado, que deben solicitar el derecho de asilo a la República del Brasil, para luego emprender la lucha con nuevos bríos.

Vuelve en marzo de 1925 a Nueva York en busca de ayuda e invadir otra vez a Venezuela. Se encuentra de nuevo con todas aquellas momias egipcias, como él llama a los exiliados venezolanos en esta ciudad. Viendo que esta gente se la pasaba bien, y a la vez echando pestes contra el gobierno de Gómez, un día Inocencio Spinetti le dijo: “Tú estás equivocado, y esos hombres tienen razón, porque ellos no necesitan hacer nada contra Gómez, porque regresarán a la Patria a recibir puestos que los esperan; tú te sacrificas por un deseo de Patria libre, pero ello se ríen de ti, porque su posición está asegurada sin tener las penalidades que tus sufres.”

El general Arévalo continuó su calvario de buscar dinero por Francia, Inglaterra y la Habana. Don Emilio fue un hombre culto e hizo amistad con escritores eminentes como José Vasconcelos autor de La Raza Cósmica, y José Rafael Pocaterra. Luego de recorrer varias islas en las Antillas pasó a Méjico. En mayo de 1927 partió hacia París para entrevistarse con el general Román Delgado Chalbaud. Nada en claro quedó de estos encuentros, hasta que don Emilio ingresó otra a vez a Venezuela por el Arauca, con los bolsillos prácticamente vacíos.

Juan Vicente Gómez no perdía tiempo contra sus enemigos y tenía a los estudiantes presos trabajando en las carreteras. Entonces, como un verdadero vengador de injusticias, don Emilio se aprestó para un ataque singular. Voló a Palanque. Los espías de Gómez se enteraron de la operación y levantaron poderosos campamentos militares, retirando a los presos a lugares lejanos. Hubo el general Arévalo de retirarse a Anzoátegui. Comprobaba en su marcha que nadie quería unírsele; según él nadie quería a Gómez pero todo el mundo le sacaba el cuerpo. Entonces inició un largo periplo por sabanas y selvas, siempre seguidos cerca por las fuerzas del gobierno. Fuerzas combinadas de cinco estados (Guárico, Apure, Bolívar, Anzoátegui y Monagas) le perseguían y se disputaban el honor de capturarle. Repasaron el Orinoco varias veces procurando confundir a sus enemigos. Fueron seguidos por camiones y  cargados de soldados, quizás por primera vez en el país se realizaban estas acciones militares. Cuanto seguidos de don Emilio caía en manos del gobierno era liquidado en el acto. Así sería la ferocidad con que era perseguido este guerrillero que dos oficiales se habían suicidado por no pasar por la vergüenza de presentarse ante Gómez habiendo sido burlados por la acción de este guariqueño. Estos fueron, el general José Miguel Guevara y el coronel Alfredo Rodríguez López.

La jauría lanzada en su contra era cada vez fiera y numerosa, y con su gente, por alcanzar nuevamente tierras colombianas por el Arauca, padecieron fiebres, mordeduras de las llamadas veinticuatros y tambochas, y llegaron a pasar cuatro días sin comer, cruzando ríos como el Guárico, el Pao, Portuguesa, Guanare, Masparro, Uribante, Sarare, vomitando bilis y sin poder echarse a descansar. En 1930, pudo Arévalo llegar a Santa Marta y de aquí pasar a Trinidad a bordo del vapor Coronado (pero el gobernador de esta isla le prohibió su desembarco). La recompensa por su captura llegó tasarse en un millón de bolívares (que viene a ser como un millardo hoy en día.) Lo devolvieron a Venezuela, a Carúpano, donde lo esperaban los esbirros, pero gracias a un amigo pudo coger un vapor francés que lo llevó a la República Dominicana. Allí volvió a encontrarse con José Rafael Pocaterra; ya habían matado a Román Delgado Chalbaud y tanto la invasión del general Rafael Simón Urbina como la sublevación del general José Rafael Gabaldón en Portuguesa habían terminados en fracasos. De modo que cundía el más grande desaliento. Todos parecían admitir que era imposible derrocar a Gómez.

De la República Dominicana, pasó Arévalo a panamá. Cruzó nuevamente Colombia, para volver a internarse con sesenta compañeros por el Vichada y aparecer otra vez por la frontera. Entonces se les persiguió con aviones, que metían más bulla que miedo. Según Arévalo eran aeroplanos muy fácil de echar a tierra, totalmente inofensivos. El día 5 de marzo de 1931 emprendió Arévalo su séptima invasión desde la línea de El Cubarro.

Produjeron fuertes pérdidas al gobierno por ejemplo en Mata de Agua, el bajo Meta, Lezama y en Bolívar en un hato llamada Las Mercedes. Se retiraron luego por el río Caparo durante veintinueve días de navegación. Cruzaron el Alto Apure, cayeron en el Arauca y pasaron el invierno en Santa Rosa. El 5 de agosto estaban en El Caribe. Totalmente rodeados resistieron a las tropas del coronel Meléndez de Apure y del coronel Sánchez del Estado Bolívar. Le mataron el caballo a Arévalo y lo salvó milagrosamente uno de sus oficiales, un coriano, saturnino García. Varios de sus compañeros cayeron en aquella acción, entre ellos su querido amigo Carlos Julio Ponte.

Destrozadas sus fuerzas hubo de huir a Barranquilla, de allí otra vez a Panamá, para pasar luego a Costa Rica. Después pasó a Perú, con la ayuda económica que de Pocaterra y el doctor José Rafael Wendehake. Llegó a Lima el 18 de diciembre de 1931. Fue recibido por el presidente del Perú, Coronel Don Luis Miguel Sánchez Cerro. Fue extraordinariamente bien recibido por parlamentarios y ministros e invitado a almorzar a palacio varias veces. Se le hizo un banquete en el Hotel Biltmore, y el homenaje lo presidió el doctor Víctor Andrés Belaunde, líder del grupo independiente en el Congreso.

Llama sobremanera la atención en todas estas memorias de don Emilio, que en una sola ocasión mencione al escritor, más tenaz enemigo de Juan Vicente Gómez, don Rufino Blanco Fombona.

Arévalo hace duras críticas a los intelectuales de la época, serviles a Gómez; dice de Manuel Díaz Rodríguez, senador de la república al servicio del régimen (todos los eran) que en una fiesta que daban a las concubinas de Gómez tuvo esta frase para la homenajeada: “Bendito sea tu vientre, oh Dionisia, que ha dado aguiluchos y palomas a la sociedad.”

Es en Perú donde don Emilio comprende la falacia del comunismo que practican los latinoamericanos. No hay que olvidar que don Emilio fue del grupo de los que en 1926 fundó junto Carlos León, Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, en Méjico el PRV (Partido Revolucionario Venezolano). A mediados de 1931, Lima era un hervidero de comunistas furibundos. Dice el general Arévalo: “He juzgado siempre el comunismo como una gran mentira y como un medio de que se valen los desvergonzados y haraganes para llevar a cabo los criminales propósitos de vivir a costa de los engañados...” Condena también al aprismo por considerarlos serviles de Rusia. El 6 de marzo de 1932 estaba en Lima cuando el presidente sufre un grave atentado que lo mantuvo veintiséis días postrado.

Cuando salió de Lima, el gobierno puso a su disposición un avión que lo llevó al puerto de Talara en el norte de Perú. Siguió a Guayaquil donde fue bien recibido. Luego marchó a Ipiales, pasó por Berruecos y más tarde a Santa Marta donde consideró que todos los niños de nuestras escuelas deben ir en peregrinación cada año para que conozcan de las penas y tormentos que sufrió nuestro Libertador.

A fines de junio de 1932, merodeando por dónde entrarle a Venezuela, se encontraba en Kingston. Pocaterra le enviaba cuanto podía para mantenerlo políticamente activo, y gracias al dinero que le envió pudo ir a visitarle a Halifax, Canada. De aquí pasó a Jamaica, luego a la República Dominicana donde fue detenido. Primera vez en su vida que era detenido, y estos provocó un escándalo internacional que movilizó a la diplomacia cubana, sobre todo al general Don Enríque Loynaz del castillo, quien fue Jefe del Estado Mayor de Máximo Gómez y también del presidente de Perú Sánchez Cerro. De otro modo Trujillo, el dictador e íntimo amigo de Gómez lo habría asesinado.

Marchó entonces otra vez a Jamaica para volver de nuevo a Perú, pero el 1 de marzo de 1933 conoció del terrible atentado contra Sánchez Cerro por parte de un comunista, que le cegó la vida. Destrozado por la pérdida de este aliado que le había ofrecido recursos para luchar contra el tirano de Venezuela, don Emilio regresa a Jamaica. Pasa a Martinica, luego a Guadalupe, Santa Lucía, Puerto Rico. Asediado por la vil diplomacia de Gómez que le acosa y amenaza y con la ayuda de Pocaterra decide trasladarse a Nueva York, donde llega el 1 de setiembre de 1935. El 18 de diciembre de 1935, recibe una llamada telefónica de su amigo el doctor Rafael Ernesto López quien le dice: “Arévalo, se murió Gómez”.

El entonces presidente constitucional Eleazar López Contreras le da seguridades para que vuelva al país y lo hace, ya no por la selva, escondido tras falsos nombres y bajo el acoso de las fieras de Gómez, destrozado y hambriento. Llega el 15 de enero de 1936 a La Guaira donde abraza a su hijo, a quien no conocía, y llevaba quince años sin verlo, y a su esposa. Veintitres años de lucha. Luego para que se vea lo vulgar que era Rómulo Betancourt, llegó a llamar al general Emilio Arévalo Cedeño, Centauro de Caricatura.

Don Emilo fue posteriormente senador por Estado Guárico y más tarde gobernador del mismo Estado. Murió loco en 1965 en Valle de La Pascua, a la edad de 83 años.