Pasar al contenido principal

Contribución al debate sobre la LEU

Universidad y Capital

A contrapelo del debate

por la nueva Ley de Universidades

 

 

José Javier León

Universidad Bolivariana de Venezuela

Sede Zulia

joseleon1971@gmail.com

 

 

«La obstinación en glorificar el sistema de mercado, aparta nuestra atención del problema de la injusticia social. Si se supiese que esta injusticia es deliberada quedarían muy pocos dispuestos a defender un sistema que hace pagar el precio de la inflación a los más débiles. Sin embargo éste es el resultado de la política monetaria. Este sistema oculta el poder de la gran empresa. La mejor manera de ocultar el poder de General Motors, Lockheed, Shell, Unilever o Dasault es continuar haciendo creer a los estudiantes de economía que las grandes empresas obedecen a las leyes del mercado.»


John Kenneth Galbraiht [1908-2006]

Introducción a la Economía

 

«Todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo cada mañana.»

André Gide

 

 

En encuentros recientes a los que he asistido para hablar sobre la Ley de Universidades[1], he hecho un planteamiento sobre el grueso de relaciones que establecen las universidades con el capital tras/nacional, relaciones naturales y si se quiere obvias, pero cuya opacidad revela precisamente su carácter alienante.

En efecto, si mucho se ha dicho que las universidades son parte del correaje que permite el movimiento de la maquinaria capitalista al interior de los países, en el supuesto negado por las muchas evidencias de que exista algo como el capitalismo, esto es, un sistema económico en el que sujetos libres y jurídicamente iguales intercambian entre sí las mercancías de las que son propietarios, y no, como salta a la vista, la imposición imperial de monopolios, trusts y cárteles secundados por amplias, visibles o encubiertas operaciones militares; no se dice ni se ve tanto que, en nuestro caso, en un modelo de universidad adaptado al muy particular proceso de tercermundización, el papel de las universidades y de los universitarios es otro.

No nos toca ¡cuántas veces se ha dicho! participar competitivamente en la «economía capitalista», e históricamente se nos ha reservado el papel de proveedores seguros de petróleo. Y para que el petróleo fluyera sin cortapisas ni contratiempos, el Departamento de Estado norteamericano con sus filiales en el país, se encargó de instalar y proteger los presidentes y las formas de gobierno que mejor se adaptaran a sus propósitos e intereses. Condición sine qua non: reducir el Estado a la función de «gendarme necesario».

En este marco, ¿cómo hablar y qué decir de las Universidades? He insistido en que nuestras universidades participan de un particular proceso de tercermundización, en nuestro caso en la construcción del -modelo de- subdesarrollo conveniente a un país con el suficiente petróleo en el hemisferio para garantizar la estabilidad, el poder e influencia de los Estados Unidos. «Quienes nos explotan –decía J. P. Pérez Alfonzo- crean las condiciones indispensables para mantener la situación que les permite continuar haciendo cuanto desean»[2]. De lo que se trata entonces es de hacer imposible, desplazar, retrasar cuando no simplemente ridiculizar, la articulación estructural del conocimiento con un plan nacional de desarrollo. Éste exigiría el control soberano del petróleo y de las demás riquezas. Pues bien, precisamente ese «control soberano» estaría supeditado a un conocimiento soberano, y las universidades estarían llamadas a ejercerlo y a producirlo.

He aquí que ese no ha sido el caso, y lo que ha ocurrido es que las universidades históricamente han producido centenares de miles de profesionales sin una visión clara de país, sin sentido de desarrollo nacional, desorientados, y a lo sumo «preparados» para ejercer -en el mejor de los casos- en su «área», en un empleo ubicado en la espesa franja de la economía dependiente de la renta petrolera. Burocracia y tercerización dominan como todos sabemos el trabajo formal e informal.[3]

Pero esta realidad no parece hacer mella en las comunidades universitarias, y una idea casi espectral de conocimiento, ciencia y tecnología vaga en sus cabezas. En efecto, hablan de investigación, pero incapaces de saber para qué investigan, pues no existe un país destino de sus desvelos, extravío que compensan con la imagen de una economía (ciencia y tecnología) internacional que vendría a convalidar y justificar sus «aportes». Las cifras de Juliana Ferrer y Caterina Clemenza[4], constatables además a «simple vista» a la pregunta de por qué se investiga en Venezuela, resultan elocuentes: por vocación científica (29%); satisfacción propia (59%), compromiso social (2%), como proyección hacia el medio y solución de problemas (8%), por deber académico-profesional (2%).

En las cifras advertimos no sólo un marcadísimo desinterés por la sociedad, sino por su propia condición académico profesional, en tanto que la satisfacción propia, en un despuntado 59%, nos habla de un hacer individual, anti-social e igualmente anti-profesional, que presenta a los «investigadores» como mónadas ilusoriamente libres, bailoteando aleatoriamente en el espacio. Y esto es lo que precisamente nos dice el carácter subdesarrollizante de nuestra investigación: mientras la casta de los investigadores se inviste de excelencia y méritos, la realidad, lo social y la propia universidad queda relegada, incapaz de incorporar y asumir como propios, los aportes científicos de su personal de investigación. Al mismo tiempo la realidad, por lo mismo externa a la universidad, sigue su curso de mano de una tecnocracia que toma decisiones, que construye, que fabrica, que transforma y trastorna la realidad, sin la participación real y concreta de los investigadores ni mucho menos de la universidad.

Tecnocracia dependiente de empresas trasnacionales, de indicadores, baremos, cánones, protocolos, criterios, en fin, tecnologías importadas, que emplean nuestro territorio (recursos y mano de obra) sin solución de continuidad en lo que a sus –propios- procesos se refiere. La riqueza que desborda es la que llega a la sociedad, repartida inequitativamente claro está, abonando la desigualdad estructural que mantiene ora la inflación, ora el desempleo, como tenazas que asfixian a los que menos tienen y nada pueden.

La repartición desigual de la riqueza es condición estricta para el funcionamiento del sistema de precios y salarios que rigen la economía capitalista, o mejor, de esto que se ha llamado capitalismo, y que no es más que un sistema que permite el enriquecimiento sin límites de una minoría, que se apropia menos de los frutos del trabajo de una mayoría que de su inexistencia o anomia social, misma que se traduce en diversas formas de consumo (material e inmaterial). Quiero decir que la mayoría de la población sólo existe como consumidora (si no consume, no existe); la producción (de riqueza) que sostiene a la minoría (y en condiciones de pobreza y dependencia estructural a las mayorías), apenas exige la participación concreta de una ínfima cantidad de trabajadores.

El «resto» ocupa sectores im-productivos, trabajos que funcionan como centros de adoctrinamiento y control social, amén de que mantienen en movimiento el capital, expresado en volúmenes de jugosa calderilla (porque los grandes flujos de capitales son invisibles y se ocupan de asuntos non sanctos: narcotráfico, comercio de/con humanos, incluso en «partes», y venta de armas), pero sobre todo, estabilizando la producción simbólica de(l) capitalismo. Finalmente los otros, (no los excluidos, pues estos sencillamente ya no cuentan), los desempleados, presionan el sistema de consumo todo, abaratando los salarios, lo que repercute en mayor y más estable riqueza para los pocos.

Estos principios de economía básica son despachados por la intelectualidad universitaria, que hoy habla de una Universidad cuya labor es «construir conocimiento» a-social y de espaldas a la institución, a la que no se deben pero a la que le exigen hasta el último centavo de lo que les debe (y al gobierno, por mampuesto). En este desapego funda una parte de lo que llama «autonomía»; el resto (en las ávidas manos de las «autoridades»), sirve de mampara para operaciones financieras encubiertas.

Dicho esto, no deja de parecerme asombroso cómo diversos intelectuales, incluso reputadísimos, hablan de la universidad como de un ente que flota sin conexiones con la realidad económica ambiente. En verdad creen que al entrar al claustro universitario las relaciones de producción que rigen la realidad económica del sistema, cesan, como si se tratara de unas valvas que se cierran, herméticamente.

Muy al contrario, nuestras universidades y sus fronteras porosas, participan generosamente en la producción simbólica de(l) capitalismo, sobre todo en un país como el nuestro, tercermundizado, pero además, con una renta petrolera que desquiciaría cualquier economía, por sana que pudiera pretender ser.

Para producir petróleo (negocio de monopolios, de cárteles, de minorías, de trust, de mafias) y no desquiciar la sociedad en un caos social inviable, son necesarias una serie de vastas y especiosas operaciones de control, y las universidades (en coyunda con los ejércitos y las policías) participan activamente de ello: en primer lugar, fabricando profesionales.

En efecto, la profesionalización pasa por al menos dos etapas. El joven que entra a la universidad no puede si no ocuparse de sus «estudios», y si necesita trabajar (la mayoría lo necesita) estará obligado a hacerlo como working poors («trabajadores, pero pobres»). Durante un buen tiempo, estimado entre cinco y diez años, si no desertan consumen la parte de sus vidas más propicia a la aventura, al desaire, a la rebeldía. La universidad funge pues, de controladora social, amainando los ímpetus, domando, reduciendo a los jóvenes a un estado de pasividad e inercia (hoy expresan su rebeldía consumiendo «rebeldía»), al tiempo que finiquita el trabajo ya iniciado en la escuela y el liceo, de aislamiento, descontextualización y desarraigo social. En ese tiempo, aprenden (que lo puedan verbalizar es otra cosa) lo esencial: que el sistema en el que viven (no saben que se llama capitalismo) es total, omniabarcante, asfixiante, que no tiene hendijas, que los cubre como una segunda atmósfera.

De la universidad regularmente salen uncidos a una pareja (o padres o madres) y a un modo de vida que les exige trabajar en lo que sea. El ejercicio laboral en sus «áreas» es una suerte, si cabe, que muy pocos disfrutan. Para el resto de las oportunidades («pa’lo que salga»), con el «título» (así, desnudo y en abstracto) basta.

En segundo lugar: promoviendo masivamente la movilización social (porque el mismo criterio, en el ejército por ejemplo, aunque ha ocurrido, puede resultar a la larga contraproducente: un general en principio, debe provenir de extracción social alta para evitar los inoportunos resentimientos sociales…; y la iglesia por el camino del sacerdocio, va quizá para un siglo que ya no cumple ese rol).

Las universidades, ciertamente, igualan. Hacen tabla rasa. En la universidad todos (los estudiantes) son iguales. Pero quedan igualados en el «capital cultural y simbólico» de las elites económicas, es decir, capitalistas. Y aquí es donde debemos hacer unas relaciones que en los análisis descontextualizados y a-políticos si los hay, no se estilan: la íntima relación entre episteme y sociedad; entre estatus y condición del conocimiento y del conocer y, por otro lado, la sociedad que lo produce, ampara y legitima. De más está decir que la universidad controlada por las élites afirma a voz en cuello e inconmovible en sus trece, que la ciencia es una sola, universal, única. Así las cosas, el conocimiento es el producido por las elites que controlan la transformación (capitalista) de la realidad; que otro exista resulta irracional y, subestimado es arrojado al renglón de los exotismos, a la vitrina entomológica del folclor.

Lo que no advierten (al menos, dicen no advertir o hacen como si no) los universitarios, es que el conocimiento que llaman único es (el) políticamente correcto, esto es, el «económicamente correcto», y por ende, el que tributa todos sus haberes al modo de producción capitalista que, en nuestras geografías, se ocupa muchísimo menos de la producción de cosas, que de la producción masiva y en serie de «plusvalía ideológica».

El petróleo suple con creces los déficits de realidad material. Además, si ésta falta, como de hecho le falta en abundancia a los pobres, allí están los firmes aliados de las universidades en esto de construir fantasmas y mitos: los medios de comunicación, encargados de la no menos vasta y especiosa creación de «compensación simbólica»[5]. Por otro lado, tal plusvalía aporta no poco a la alienación ambiente que permite que una minoría se apropie del grueso de los ingresos de la nación (todavía hoy en nuestro país en un 56 %) y el resto, la inmensa mayoría (entre los que apoyan o no el actual proceso bolivariano) lo acepte complacido o a regañadientes, pero en cualquier caso, en la generalidad de los casos arrimando el hombro al mantenimiento del status quo, es decir, participando en la naturalización del universalizado modo de producción capitalista.    

En tercer lugar: legitimación del capital cultural de las elites. Para abordar este aspecto, muy relacionado por supuesto con los anteriores, retomo una apreciación de Jacques Rancière cuando refiere la «no convergencia de la lógica escolar con la lógica productiva»[6]. La escuela, y por extensión las universidades (a veces calificadas peyorativamente de «liceos grandes») son las herederas paradójicas «de la scholé aristocrática. Esto significa que aquella iguala a aquellos que acoge, menos por la universalidad de su saber o sus efectos de redistribución social, que por su forma misma, que consiste en la separación de la vida productiva», de modo que ello hace de la escuela (y repito, de la universidad)  «no la máscara de la desigualdad o el instrumento de su reducción, sino el lugar de la visibilidad simbólica de la igualdad al mismo tiempo que de su negación empírica».

La universidad conectada como lo está al modo de producción capitalista, produce como llevamos dicho profesionales, movilidad social, plusvalía ideológica. Estos y otros productos, parejos en inmaterialidad, vienen a suplir las carencias materiales de una población dependiente estructuralmente, en nuestro caso, de la renta petrolera.

Desconectadas de la vida productiva, los que estudian en nuestras universidades consumen el capital cultural de una minoría que invierte su capital socioeconómico (y lo trueca en capital cultural y bienes simbólicos) en la elaboración de los contenidos programáticos, alejándolos tangencialmente de lo productivo, con el fin de preservar para la elite industrial del mundo (hoy dedicada casi en exclusiva a la fabricación de «marcas» con las que etiqueta productos fabricados en industrias repartidas en los países más pobres donde abunda la mano de obra más competitiva: aquella que vive sumida en la pobreza, al tiempo que protege y respalda a sus gobiernos para que mantengan el orden y la seguridad de sus «inversiones», a menos que quieran exponerse a la migración de los capitales golondrinas y la desesperación popular conlleve revueltas que no puedan ser reprimidas en silencio y a escondidas…); en fin, la elite industrial se encarga de la fabricación de todas las cosas (insulsas o necesarias) que requerimos en nuestra vida cotidiana, amañada a los usos y costumbres del capitalismo ambiente (¿qué son los medios de comunicación sino escuelas del vivir capitalista, catálogos, vidrieras, ferias de consumo?).

No nos toca a nosotros la producción, cada vez más controlada y constreñida a los estándares de calidad y eficiencia impuestos internacionalmente, aparte de la asfixia operativa que imponen las patentes.

La universidad venezolana pública y privada, trabaja en estos tres escenarios, a brazo partido con el capital tras/nacional. Negarlo revela una actitud sospechosa y se puede afirmar sin temor a equivocarnos que quienes lo hacen (y su número es legión), o juegan a ser ignorantes o lo son, y/o reciben estipendios directos o indirectos de intereses extranjeros, o al menos así lo sienten, como deben sentir que algo deben a alguien o a algo.

En este orden de ideas, varios puntos deben conformar el programa de una universidad como la Bolivariana.

En primer lugar, debe conectarse a la «vida productiva», sólo que nos toca, a nosotros en particular, es decir, a los venezolanos, un reto doble: vencer la resistencia histórica a mantener desconectada la universidad de lo productivo, al tiempo que nos damos a la tarea de construir un concepto de productividad no capitalista. Si lo primero es complicado y ya sería una revolución, lo segundo desborda lo imprevisible. Vayamos no obstante, a lo primero, sentando algunos criterios para lo segundo (que abordaremos en un trabajo posterior).

El punto es que en el reparto del capitalismo industrial, a Latinoamérica le tocó la exportación de materia prima, y, en el caso de Venezuela, la entrega segura y confiable de petróleo.

La capacidad instalada industrial fue al menos en el siglo XX precaria e insuficiente para afrontar el reto de cubrir las necesidades de la población, y mucho menos para enfrentarse a la exportación competitiva en el mercado internacional. Por lo demás, el país no se planteó en serio ninguna de las dos cosas, y, cuando lo intentó, por ejemplo en el gobierno de Medina Angarita, apenas si tuvo tiempo de asomarlo: fue derrocado en el golpe de estado de 1945, que los adecos llamaron –y así lo sembraron en los textos de historia- «Revolución de Octubre»[7].

La doctrina Betancourt, el Pacto de Punto Fijo y el Consenso de Washington se instalarían (incluyendo el paréntesis pérezjimenista) hasta el punto de quiebre de 1989 con «El Caracazo», la rebelión militar de 1992 y el triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998.

Lúcidamente, Medina Angarita advertía que, el capital mercantil

 

que ha girado hasta ahora en una órbita artificial y desvinculado por completo de las fuerzas naturales de nuestra riqueza autóctona, y el capital usurario dominado por su monstruosa voracidad secular, tendrán que despertar de ese sueño de piedra y admitir [que] es imperioso que actúen como órganos vivos y no como meros parásitos. Entonces tendrán que aceptar que la función del Estado no es la de un platónico dispensador de servicios policiales y de socorro financiero para el irrestricto beneficio de grupos…[8]

 

Como la historia nos enseñó, ni el capital mercantil ni mucho menos el usurario despertaron de su sueño de piedra ni actuaron como órganos vivos. Al contrario, parasitaron en las entrañas del Estado, protegidos por elites políticas que diseñaron un sistema que permitió convertir el sector petrolero en «el único proveedor de una población que no tendría otra cosa que hacer sino cortarse los cabellos unos a otros»[9].

¿Estaban al margen de esta abúlica y parasitaria situación las universidades venezolanas? La respuesta es sencilla: no. Es más, contribuyeron a legitimar el parasitismo, con la producción en serie de profesionales, desarticulados de cualquier idea o plan de desarrollo nacional, alimentando como ya hemos dicho, la plusvalía ideológica que secunda la exorbitante renta petrolera. Naturalmente, las mismas universidades parasitaron, como lo siguen haciendo hoy, resistiéndose a despertar de su sueño de piedra.

Difícilmente podía provenir de las universidades el impulso y el llamado a un desarrollo nacional, siendo como lo eran (y lo son) los brazos letrados del poder. Rudolf Atcon consejero de la Agencia Interamericana de Desarrollo (USAID) afirmaba para la década de los ’60 que «la universidad en la región en virtud de su resistencia natural a los cambios era, en efecto, la última institución conservadora que prevalecía en una región movilizada por una fuerte oleada de cambios»[10]. A esto se suma que por los mismos años, según Sepúlveda, las Fuerzas Armadas tenían «un conocimiento mayor sobre los problemas nacionales y las fórmulas para resolverlos (…) En algunos países, son más sofisticados que los que los políticos civiles tradicionales».[11] E insiste (y me parece que precisa), haciendo referencia al mismo proceso, pero en el Egipto de Nasser:

 

el proceso de reformas sociales se ha debido más a la obra personal de políticos carismáticos, salidos de las filas del Ejército, que a un modelo de modernización llevado a cabo por las instituciones armadas.[12]

 

La comprensión y lucidez sobre la historia de nuestros pueblos, han emergido de una mezcla si se quiere paradójica: la palabra y las armas. Miranda, Bolívar, el mismo Zamora, Cipriano Castro, Medina Angarita… Chávez, de quien se puede decir que maneja el lenguaje con sobriedad y una corrección casi puntillosa, sin rigideces ni alardes de erudición, con palabras bien moduladas, proba dicción y conceptos precisos. De otras latitudes y otros tiempos habría que recordar que uno de los mejores ensayistas de nuestra América fue precisamente José Martí, muerto en combate. Una corriente popular, no militar exactamente sino en armas, se ha enfrentado a los representantes de un civilismo liberal y burgués, que no hace ascos cuando le ha tocado aliarse a las facciones militares más retrógradas –llamadas «gorilas»-, cooptadas por la inteligencia norteamericana y entrenadas en escuelas como la de Las Américas, para destruir por medio del terror (persecución y acoso político, asesinatos selectivos, torturas y desapariciones) los movimientos de izquierda y de liberación nacional. Efectivamente,

 

Lo que había permitido a algunas autocracias militares ejercer el papel de fuerzas emancipadoras, había sido sustituida por la hegemonía de los Estados Unidos como superpotencia imperialista. En la frustración de esta tentativa tuvo un papel decisivo la yanquización del ejército, lograda por las misiones militares de adoctrinamiento para la guerra fría, a fin de orientar subterráneamente las fuerzas armadas venezolanas al nuevo papel de sostenedoras de un orden mundial, estructurado de acuerdo con los designios y los intereses norteamericanos.[13]

 

No obstante, han sido en su mayoría –otros- soldados los que han tratado de levantar las-banderas-de-la-dignidad-de-nuestros-pueblos, empleando las armas como escudo y disuasorio –a pesar de ello, los golpes de Estado colman las páginas de nuestra historia- ante la arremetida criminal de militares pro-norteamericanos. Se trata de una suerte de «semirrevoluciones por arriba»

 

conjunto de medidas de tipo populista, democrático o nacionalista, emprendidas «en frío» por un gobierno bonapartista que suele apoyarse (no siempre) en el movimiento obrero organizado para arrancarle concesiones al imperialismo. Generalmente, estos regímenes han sido establecidos por los militares y derrocados... por los militares. Ejemplos: Vargas y Goulart en Brasil, Perón en Argentina, Arbenz en Guatemala, Velasco Alvarado en Perú.[14]

 

Su discurso ha sido básicamente el mismo:

 

cancelar definitivamente el sistema de latifundio; favorecer decididamente el desarrollo industrial; impulsar las formas colectivas de producción; dar la tierra a quien la trabaje; convertir a los asalariados en beneficiarios de la gran propiedad agroindustrial; contribuir a la efectiva redistribución del ingreso en el campo; garantizar el mantenimiento de altos niveles de producción; y (…) transformar radicalmente la estructura tradicional del agro (…) sentando las bases para la total reconstrucción económica de nuestra sociedad.[15]

 

El objetivo común de estos gobiernos militares, en definitiva

 

es la obtención del desarrollo económico. Es interesante analizar, con más detalle, el modelo de sociedad al cual aspiran. En general se trata de una sociedad de tipo capitalista moderno. La palabra “modernización” aparece reiteradas veces en las proclamas y discursos de los gobernantes desarrollistas. Su intención es la de crear una industria pesada que asegure una expansión económica y la elevación del poderío nacional y, por ende, del nivel de vida de la población.[16]

 

Pero he aquí lo esencial: las líneas maestras de ese modelo de desarrollo no nacieron ni fueron formuladas en las universidades, desconectadas de los despreciados intereses nacionales, si es que acaso sobrevivía en el letargo de la abotargada dominación feudal algo que los pensara y reconociera.

La crítica hablaría más de «desarrollismo» que de «desarrollo nacional», en cualquier caso una corriente que sería desarticulada y abortada pero que, cuando surge, lo hace de la mano del Ejército, propiciando diversas formas de unión «cívico-militar». Así lo explica Darcy Ribeiro:

 

Una reversión de las fuerzas armadas a una posición nacionalista autónoma respecto a la oligarquía y frente a la explotación imperialista, que pareció anunciarse en la acción del gobierno [de] Medina y de los jóvenes oficiales que lo sucedieron en el poder, movidos por los ideales democráticos de los últimos años de la guerra mundial, abortó lamentablemente.[17]

 

Tal vez ya quedó claro que el «desarrollo nacional», que Alberto Sepúlveda[18] sin detenerse mucho en matices inscribe en el período que va de 1930 con el ascenso al poder de Getulio Vargas en Brasil, hasta 1958 con la caída de Fulgencio Batista en Cuba (en su paquete incluye fundamentalmente a militares anticomunistas, los típicos «hijo e’ putas»[19] hijos de EEUU, como Rafael Leonidas Trujillo, Marcos Pérez Jiménez, Manuel Odría, Anastasio Somoza), no es en Latinoamérica un fruto de la intelectualidad universitaria, sino de estamentos militares progresistas (Isaías Medina Angarita, Juan Velasco Alvarado, Jacobo Arbenz, etc.) que coincidieron en una determinada coyuntura histórica con grupos de intelectuales, estudiantes, políticos, que se movilizaron articulando la fórmula clásica de los «dos tiempos»: tomar el poder por asalto, y reformar el Estado. Se iniciaría así un periodo de «transición», cuyo desenlace en cualquiera de sus manifestaciones desconocemos...

Ahora bien, en lo que quiero insistir es en la des-articulación universitaria de los proyectos de desarrollo nacional (dirigidos más precisamente por militares progresistas), proyectos como hemos visto, truncados, y que hoy, como en la versión venezolana actual, expresan en el discurso las claves de un desarrollo impulsado por sectores que se asumen herederos románticos del proyecto independentista torcido por intereses oligarcas al finalizar las Guerras de Independencia del siglo XIX, cuando la patria obtenida por la armas fue devorada por légamos de papel sellado y constituciones espurias, defensoras ilustradas de los derechos de los propietarios.

 

Es que los intereses de las clases dominantes –sólo superficialmente renovadoras- que hicieron la Independencia –escribe Darcy Ribeiro-, apuntaban hacia la reimplantación del viejo orden desigualitario, aunque, para estar al tanto con el espíritu de la época, debiera ser revestido de un ropaje liberal. A las élites letradas cupo la tarea de encontrar las formas de conciliar institucionalmente aquellos imperativos clasistas y estos modismos. En consecuencia, el empuje revolucionario independentista que movilizara multitudes terminó por volcarse contra el pueblo insurrecto, reprimido a veces por los propios libertadores, y se disolvió en una reordenación meramente formal de las antiguas instituciones sociopolíticas.[20]

 

Retomando sin embargo los principios de la dolorosa gesta bolivariana, en un sin fin de oportunidades el propio presidente Chávez ha soñado con la patria grande de Bolívar: «…aquí en el Sur nuestro proyecto fue lanzado desde entonces por hombres como Miranda, San Martín, Artigas, O’Higgins Sucre, Bolívar, Manuela Sáenz; hombres y mujeres de esta tierra lanzaron un proyecto hace 200 años.»[21]

Y aunque individualidades y numerosos grupos universitarios acompañan el gobierno, las centenarias universidades nacionales autónomas, como cuerpo, desde sus autoridades y gremios, esto es su voz oficial, se expresa en contra.

Ello se entiende en el marco de lo que llevamos expuesto: el discurso y la praxis del «desarrollo nacional» no es un fruto intelectual y organizativo de las universidades (aunque participen en su confección profesores universitarios), sino la expresión de grupos y organizaciones que, haciéndose eco de –e incorporando- políticas para la superación de las necesidades de las mayorías, acumulan fuerzas, apoyo popular y organización para generar un movimiento de transformación –militar/civil/electoral- que se hace del poder del Estado, con el fin de refundarlo. Las líneas generales de ese proyecto son básicamente las mismas en toda América Latina. Resumidas son:

 

Alcanzar metas de fortalecimiento del sector privado, y al mismo tiempo exigir al capital extranjero que se ajuste a las condiciones locales, se subordine a las leyes nacionales; pedir además que ese capital extranjero coopere con el desarrollo nacional y no obstruya los planes que beneficien a las clases más necesitadas.[22]

 

No hay conflicto –decía por su parte Juan Velasco Alvarado (1910-1977)- entre las metas de la revolución y los justos requerimientos de los inversores. El proceso revolucionario busca un cambio en las estructuras para establecer un ambiente de justicia social, donde las actividades privadas puedan desarrollarse, no desaparecer o limitarse.[23]

 

            En definitiva, el objetivo común de estos gobiernos era el de generar «una sociedad de tipo capitalista moderno», con una industria pesada «que asegure una expansión económica y la elevación del poderío nacional, y por ende, del nivel de vida de la población».[24]

Por otro lado, no resulta fácil rastrear las vinculaciones entre las universidades y el plan desarrollista impulsado por los militares. Antes ya se ha aludido a la capacidad para entender y enfrentar los problemas latinoamericanos por parte de un cuerpo técnico con vocación industrial y con miras nacionales, proveniente del sector militar. Aunque el modelo de desarrollo era fundamentalmente capitalista, atendía a la necesidad de un Estado que regulara las perversiones a las que con facilidad se llega por la vía expedita del mercado libre. En Venezuela, Medina Angarita quiso anteponer intereses nacionales a la voracidad de las empresas petroleras. En universidades como las nuestras de aquellas horas, difícilmente se podía contar con una compresión económico política de esa situación/posición, ni muchos menos levantar criterios científicos soberanos para ejercer presión política alguna.

Pero en definitiva, ¿dónde están las universidades? Si no se ocuparon del desarrollismo nacional-militar, la pregunta entonces es, de qué se ocupaban y donde estaban éstas. Por otro lado, a partir de 1945 comienza desde las universidades del Primer Mundo a producirse un discurso de desarrollo que impactará las universidades y centros de tecnología refleja de América Latina, como lo ha explicado ampliamente Arturo Escobar.[25] La llegada de este discurso, y de sus prácticas, coincidirá con la salida de los regímenes militares y por supuesto, con el desmantelamiento de su modelo de desarrollo.

Lo que observo es que los dos modelos son distintos en lo esencial: el producido por los militares estaba fundado en una idea ciertamente capitalista (fuerza es decir un capitalismo regulado por el Estado), pero de algún modo respondía a una idea de país y a necesidades de la población. El segundo, el impuesto por los centros de poder y de conocimiento trasnacionales, aunque sigue hablando de desarrollo nacional no lo hace en función de la nación, sino de intereses tras-nacionales. Si con los gobiernos desarrollistas militares aparecieron, por ejemplo, los sectores populares, el lumpemproletariado, las barriadas, como objetos de políticas (Sepúlveda recuerda la construcción de «diversas poblaciones modernas destinadas a alojar a los habitantes de los ‘ranchitos’ de Caracas»[26]), en el caso del segundo discurso, antes que los pobres, aparece la «pobreza», objeto y foco del discurso del desarrollo. Pero lo más importante: combatir la pobreza se enuncia como guerra contra los pobres:

 

Hay un sentido en el que el progreso económico acelerado es imposible sin ajustes dolorosos. Las filosofías ancestrales deben ser erradicadas; las viejas instituciones sociales tienen que desintegrarse; los lazos de casta, credo y raza deben romperse; y grandes masas de personas incapaces de seguir el ritmo del progreso deberán ver frustradas sus expectativas de una vida cómoda. Muy pocas comunidades están dispuestas a pagar el precio del progreso económico (United Nations, 1951: I)[27]

 

No olvidemos el contexto de la Guerra Fría y el esfuerzo por aparecer más recalcitrantemente anticomunistas que exhibían los militares pronorteamericanos y líderes populistas. El contexto es importante porque el desarrollismo en su vertiente capitalista suponía una suerte de Plan Marshal para Latinoamérica[28], con lo que tenía de estratagema para alejar el fantasma del comunismo, dando seguridad a las inversiones, al tiempo que producía (o sembraba la idea de) «bienestar». Cuando un gobierno iba más allá, en el sentido de llegar a acuerdos con, por ejemplo, los partidos comunistas, sindicatos u otras organizaciones obreras y campesinas, o a responder a formulaciones y exigencias reivindicativas profundas o estructurales, como por ejemplo una verdadera Reforma Agraria, o a producir leyes para proteger la industria nacional, no tardaban en aparecer las acusaciones de ingerencia soviética en el «patio trasero» de EEUU, y se preparaba en las sombras el golpe de Estado.

José Sant Roz señala que incluso un dictador como Pérez Jiménez, que propusiera la creación de un fondo común latinoamericano para la realización de grandes obras, y para el cual anunciaba un primer aporte de 100 millones de dólares, fue blanco de la ojeriza del Departamento de Estado y de su archienemigo Rómulo Betancourt quien, indignado por la propuesta del venezolano, la califica de demagógica y exhibicionista, y la ridiculiza calificándola de «caja de beneficencia colectiva». Rómulo, el procónsul norteamericano, llama convenientemente a mirar con atención la Alianza para el Progreso del presidente Eisenhower, la cual, de aplicarse «sin tardanza le permitiría a los pueblos de más debajo del Río Grande alcanzar un mayor desarrollo económico, derrotar la pobreza generalizada y convertirse en mayores consumidores de mercancías esenciales compradas a Estados Unidos y a otras naciones industrializadas»[29] ¿Quiere verse más en cuerpo completo el entreguismo del «Padre de la Democracia»?

Por demás, avanzaba la llamada Doctrina Betancourt como una estrategia «para ir reduciendo el número de gobiernos dictatoriales», modernizar la región «con proyectos que mejoren la salud, la educación, el aparato fiscal y administrativo, la industria, las condiciones de la gente del campo, en un todo integrado con el desarrollo capitalista», pero sobre todo, la institución de la «democracia representativa»[30], un paquete diseñado para gobiernos «civiles» con fachada democrática, terriblemente autoritarios y represivos.

 

Después de la guerra el sentimiento antifascista dio paso fácilmente a las cruzadas anticomunistas. El temor anticomunista se convirtió en uno de los argumentos obligatorios en las discusiones sobre el desarrollo. En los años cincuenta se aceptaba comúnmente que si los países pobres no eran rescatados de su pobreza, sucumbirían al comunismo. En mayor o menor grado, la mayoría de los escritos iniciales sobre el desarrollo hace eco de esta preocupación. El compromiso con el desarrollo económico como medio de combatir el comunismo no se restringió a los círculos militares o académicos, encontró un nicho todavía más acogedor en las oficinas gubernamentales de Estados Unidos, en numerosas organizaciones, y entre la ciudadanía norteamericana. El control del comunismo, la aceptación ambivalente de la independencia de las antiguas colonias europeas como concesión para prevenir su caída en el campo soviético, y el permanente acceso a importantes materias primas del Tercer Mundo, de las cuales dependía cada vez más la economía norteamericana, eran parte de la reconceptualización norteamericana sobre el Tercer Mundo en el período posterior a la guerra de Corea.[31]

 

Si el primer desarrollismo tiene una focalización nacional, lo que llevaba a confundirlo con el «bienestar» de ribetes socialistas (un modestísimo Keynes en el Caribe puede vestir los abalorios de un revolucionario), el segundo asume lo nacional exclusivamente como riqueza explotable, y la población concreta, en especial los pobres, desaparecen tras una racionalización que los convierte en objetos de políticas públicas o de Estado, diseñadas para el cumplimiento de fines económicos con evidentes repercusiones políticas.

Todo indica que el problema de los pobres se agudizó al final de la II Guerra Mundial, cuando los efectos de la primera modernización se hicieron sentir en las ciudades, tras el aluvión de familias campesinas desplazadas por la violencia desarrollista. La aglomeración urbana de desesperados podía sobrellevar a agitaciones y revueltas incontroladas que, a la luz de los medios de comunicación, resultarían a la larga impresentables. De modo que la represión se cubriría con una mampara democrática (después del de Trujillo el gobierno que más asesinó estudiantes fue el de Betancourt[32]) acordada y digitada desde el Departamento de Estado, que copara la escena mediática y los recovecos de la esfera pública. De un desarrollismo industrial de producción nacional, pasaríamos a un desarrollo, un despliegue, una atención suma y desmesurada por las formas de vida urbanas, que dejó en las trastiendas de la psique nacional todo lo referido a la producción industrial, a los procesos reales de producción. Desde la ciudad y para la ciudad los medios, y sobre todo la televisión se encargaban de bombardear sobre una población mayoritariamente campesina los modos de vida urbanos, la sofisticación de un vivir acomodado al confort doméstico capitalista, inalcanzable para la mayoría pero añorable… Se hablaba de, por ejemplo, «sectores productivos», no obstante los venezolanos nos hicimos lejanísimas y cuasi nostálgicas imágenes de fábricas y producción agro-industrial, el «Juan Bimba» adeco era un sin tierras, un desposeído, el clásico rotoso de las democracias populistas, el pobre ínfimo objeto de las políticas de intervención de los lejanísimos bancos internacionales. Si había producción no se sabía exactamente dónde, ni qué impacto real tenía en el sostenimiento de nuestras vidas cotidianas. Al desarrollismo militar-industrial-nacional, le siguió el desarrollismo democrático-financiero-trasnacional.

Y si las universidades estaban desconectadas del primero, porque desde su fundación se han debido a intereses oligárquicos y no nacionales (erudición, inaplicabilidad de los saberes y mera copia, «repetición de fórmulas alcanzadas afuera, frecuentemente importadas junto con la maquinaria, como normas de operación»[33], han caracterizado la ciencia y los saberes universitarios), en el segundo se convirtieron en receptoras del discurso desarrollista de los organismos financieros, donde se diseñaban las políticas que los Estados instrumentaban, aplicaban, desarrollaban, nacional, regional, localmente. Para el modelo desarrollista la ciencia «es la misma –señala Oscar Varsavsky- que en el Hemisferio Norte: todopoderosa, universalmente válida, esencialmente única, ideológicamente neutra…»[34]

Con todo, nos hacemos la pregunta: ¿qué era de las universidades latinoamericanas en la primera mitad del siglo XX? «El año de 1910 –escribe Carolina Tovar- marcó su restablecimiento, ya como instituciones modernas, alejadas de las constituciones salmantinas y la mayoría de sus prácticas medievales. Pero durante la primera mitad del primer siglo independiente, siguieron siendo aliadas incondicionales de la Iglesia, de los sectores más tradicionalistas de la sociedad, de la educación para la virtud, más que para el desarrollo de la inteligencia.»[35] Un movimiento como el de Córdoba en 1918, por ejemplo, buscaba espantarse «para siempre» las legañas del escolastismo, «la amenaza del dominio clerical», las formas de poder autoritarias y despóticas:

 

Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto moderno de las universidades. El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa que cabe en un instituto de ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla.[36]

 

A la luz de las discusiones de hoy, cuando vemos a la comunidad universitaria defender el claustro, con argumentos (exactamente «juicios de valor») que desdicen toda lógica y el más inocente análisis socio-histórico, tal vez alcancemos a imaginarnos el cavernoso silencio letrado de las primeras décadas del siglo pasado.

Del sueño medieval, a cuyos resabios asistimos aún hoy, tras la II Guerra Mundial y la consolidación de la hegemonía norteamericana, vamos a pasar a una suerte de indigestión modernizadora. A los pocos años Juan Pablo Pérez Alfonso exclamaría: «Efectivamente el desarrollismo triunfó y nos tiene pendiendo de un hilo a una altura que da vértigo»[37]. Con el alud de divisas y la compulsión derrochadora, nuestro país sufrirá lo que en círculos de estudio de la economía se conocerá como el «Efecto Venezuela», la quiebra de una nación generada por la súbita aparición de una riqueza que pasa íntegra a las trasnacionales, al tiempo que enriquece astronómicamente a la elite política encargada de mantener a raya a la población depauperada. Juan Velasco Alvarado, refiriéndose a las explotaciones petroleras en Talara, nos da la dimensión del dolor que atravesó la Latinoamérica entregada a las trasnacionales:

 

[Talara] Pedazo del Perú ajeno para todos los peruanos, cercado de alambradas, campo de discriminación donde nosotros éramos extranjeros: ¡Eso fue Talara! Y esto no puede borrarse con mejores salarios. La conciencia de un pueblo no puede adormecerse con dinero.[38]

 

Entrega a las trasnacionales que, como hemos venido diciendo, tiene su modelo de universidad equivalente:

 

El más breve de los exámenes basta para comprobar que la universidad peruana se parece a todas las de Latinoamérica en un defecto esencial: no es nuestra. Más que una ventana hacia el mundo, es un enclave, una «base cultural» desde la cual se nos «transfiere» todo lo que los países centrales entienden por ciencia, tecnología, cultura, y a través de ellas su tipo especial de industrialización y economía, sus valores al consumo, el trabajo y la sociedad.[39]

 

Y si a esto sumamos que «en relación con la pobreza (…) surgieron las modernas formas de pensamiento sobre el significado de la vida, la economía, los derechos y la administración social», obtenemos que los pobres serán los «objetos de conocimiento y administración». En esta vasta operación epistémico-política «se hallaba implícito ‘un instrumento técnico-discursivo que posibilitó la conquista de la pobreza y la invención de una política de la pobreza’».

 

Por consiguiente, dice Escobar, la administración de la pobreza exigía la intervención en educación, salud, higiene, moralidad, empleo, la enseñanza de buenos hábitos de asociación, ahorro, crianza de los hijos, y así sucesivamente. El resultado fue una multiplicidad de intervenciones que significaron la creación de un campo que algunos investigadores han denominado ‘lo social’.[40]

 

La pobreza será a partir de ahora, el problema. Claro que existía, sólo que, como lo explica el mismo Escobar, antes de los 40:

 

las sociedades tradicionales habían desarrollado maneras de definir y tratar la pobreza que daban cabida a conceptos de comunidad, frugalidad y suficiencia. Como quiera que fueran tales formas tradicionales, y sin idealizarlas, es cierto que la pobreza masiva en el sentido moderno solamente apareció cuando la difusión de la economía de mercado rompió los lazos comunitarios y privó a millones de personas del acceso a la tierra, al agua y a otros recursos. Con la consolidación del capitalismo, la pauperización sistémica resultó inevitable.[41]

 

Una economía de guerra –literalmente fría, silenciosa, con altísimos niveles de represión sin repercusión pública nacional e internacional- se comenzará a poner en práctica para darle contenido social a la «democracia representativa» naciente. Con la violencia en el campo durante las primeras décadas del siglo pasado, el mapa geopoblacional del país será trastocado abruptamente. Las ciudades del frente costero crecerán a un ritmo incontenible, multiplicando a los pobres, lo que ameritará nuevas inversiones y nuevos empréstitos, con el fin de resolver con audaces golpes de timón la ruta extraviada de la nave.

 

prosigue aceleradamente la modernización refleja de la economía y de la sociedad venezolana a través de los mecanismos de la industrialización recolonizadora. Las filiales de las grandes empresas multinacionales, principalmente norteamericanas, pasan a producir en el país toda especie de artículos de consumo; las ciudades crecen, multiplicando las edificaciones suntuosas que dan la impresión de un extraordinario surto de progreso. Sin embargo, el carácter irreductiblemente dependiente de la nueva economía desnaturaliza la misma industrialización y la tecnificación de los demás sectores productivos, transformándolos en otros tantos mecanismos de ahondamiento de los vínculos externos de la expoliación neocolonial.[42]

 

En este escenario, las universidades comenzarán a reproducir también de manera refleja, el lenguaje y la praxis del desarrollo.

 

las universidades reproducen las condiciones generales de dependencia en la medida en que sus estructuras y funciones facilitan el funcionamiento de la sociedad capitalista bajo la hegemonía de las compañías trasnacionales.[43]

 

Porque está claro que no podíamos imponer el tenor ni el ritmo del desarrollo a las «fuerzas productivas» (si acaso quedaban remanentes nacionales con criterios de producción digamos endógena con el suficiente músculo para cargar sobre sus hombros las necesidades de un país arrasado y entregado a la voracidad de los capitales extranjeros).

En 1992 Dorothea Melcher escribía:

 

La renta [petrolera] llegó a alimentar más bien el consumo y las importaciones, que el desarrollo de las industrias internas. La idea de reinversión en los países en vías de desarrollo de las ganancias de las empresas extranjeras, llevó a fundar en Venezuela la empresa Basic Economic Corporation Rockefeller, una cadena de automercados ligada a haciendas y empresas de procesamiento de productos agropecuarios, y no a la inversión en industrias manufactureras.[44]

 

El enclave petrolero norteamericano en nuestro territorio, hacía imposible y para muchos impensable una política de desarrollo nacional más o menos independiente. De modo que esa conexión si se quiere clásica entre desarrollo e investigación, en nuestro país no tenía lugar. Y esa desconexión, si no basta con todo lo dicho ya, es histórica.

Veamos un fragmento de un informe al Consejo Municipal presentado el 17 de mayo de 1937 (pero su vigencia es abrumadora) por la Junta Reguladora de Abastos del Distrito Federal:

 

Hay pues, urgente necesidad de aumentar la producción na­cional y de poner ésta más a la mano de los centros consu­midores por medios más económicos; y para los artículos de primera necesidad, que no producimos en absoluto, o que producimos muy escasamente, o solo en determinada época del año, sería muy conveniente que la Municipalidad del Distrito Federal gestionara con el Gobierno Nacional la supresión de sus derechos de importación o su dismi­nución en la mayor escala posible, en todo tiempo o a lo menos en aquella época del año en que el artículo gravado no se produce en el país en cantidad suficiente para abas­tecer el consumo. Esto nos conduce directamente a pensar por qué Venezuela, país "esencialmente agrícola", tiene que importar productos fácilmente cosechables en su suelo. La respuesta es una sola: métodos rudimentarios, gratos a los latifundistas, y acaparamiento de la propiedad que impi­de la productividad de enormes extensiones, inutilizadas por voluntad de sus poseedores. Este país "esencialmente agrícola", importa añil, cultivado desde tiempos de la Co­lonia con buen resultado; cereales, frutas, harina de trigo, legumbres y hortalizas, henequén, fácilmente obtenible en varias regiones; papas, arroz. Todo ello por falta de méto­dos científicos. Las tierras producen según las lluvias y su capacidad espontánea. Ni abonos, ni máquinas, ni riegos, por parte de los propietarios. Y si en una agricultura tal se quejan los poseedores de grandes superficies, imagínese el mal para los pequeños propietarios, quienes van a engrosar continuamente las filas de los desposeídos del campo[45].

 

Hagamos el balance: urgente necesidad de aumentar la producción y racionalizar la cadena hasta la distribución y venta de los productos; dura advertencia sobre la nula producción nacional para cubrir necesidades básicas, por lo que se pide protegerla reduciendo importaciones. Y de seguidas, la pregunta que ha movido por abajo este ensayo:

 

«…por qué Venezuela, país ‘esencialmente agrícola’, tiene que importar productos fácilmente cosechables en su suelo».

 

Sigue la respuesta: por dos razones: latifundio/imperialismo (expropiación de la tierra a los campesinos para entregarla en concesiones a las empresas petroleras) y falta de métodos científicos. Con otras palabras, por las terribles formas del capitalismo impuesto por las trasnacionales y la desconexión (y consecuente desconocimiento) de las universidades, centros idóneos de producción de conocimiento, ciencia y tecnología, de las necesidades del país.

«Cuando un pueblo es subdesarrollado no es él quien sabe más sobre sí mismo, sino que hay otros que lo conocen y entienden mejor, que tienen más libertad para estudiarlo, discutirlo, exigirle cuentas y, principalmente, para decidir sobre él».[46] Estas palabras de Marcelino Cereijido y Laura Reinking pesan como una admonición. En el informe de 1937 como en los severos análisis que hoy hacemos, sobresale la condición de precario y a veces nulo conocimiento que las universidades exhiben de/en/sobre sus entornos, contextos regionales o nacionales. Amén de una situación de dependencia y articulación a formas de conocer exógenas, incluso de/sobre nosotros mismos, pero en lo que tiene de estratégico para inversiones y desarrollo trasnacional de los recursos nacionales, en proceso de des-nacionalización o franca privatización. Hablo de recursos humanos en ciencia y tecnología que venden su talento a centros de investigación de países con intereses por supuesto, particulares, que ven en el nuestro un exótico y diverso coto de exploración y riquezas. En definitiva es ciencia y tecnología exógena, con repercusión lejana e indirecta, pero sobre todo insustancial en términos del desarrollo nacional.

Pero mejor lo dice la investigadora merideña Jacqueline Clarac:

 

El factor humano tiene que ser tomado en cuenta y no sólo el factor económico divorciado del humano y de lo cultural. Es así como era también la política del fomento de desarrollo científico tecnológico del país, la cual tiene que ir también asociada a la idea del Desarrollo Endógeno. Durante más de cuarenta años, ¿qué hizo CONICIT? Fomentar un desarrollo científico y tecnológico para el exterior, como siempre le he criticado a CONICIT y a los CDCHT de las universidades. Es decir, se preparaba a un científico-tecnólogo para que pudiese aportar algo al conocimiento universal, ese científico debía pertenecer a la cultura universal, a la cultura abstracta, a la cultura de la globalización de hoy; una cultura abstracta que no existe en la realidad y que divorcia al científico de su propia cultura. Por eso nuestros científicos que reciben mayores premios son los que han publicado en inglés, fuera del país y con más trabajos con grupos del exterior. De este modo no se fomentó nunca en Venezuela una tradición científica y una tradición tecnológica. Hemos importado conocimientos, importamos toda la tecnología. Y la ciencia no hemos logrado hacerla con nuestros estudiantes, con nuestros alumnos de bachillerato, no la hemos hecho conocer a la población. Hemos participado en la ciencia escrita en el exterior y nos hemos olvidado de Venezuela.[47]

 

Con lo dicho, creo que es suficiente para cubrir lo referente a la dificultad persistente en la historia, de que nuestras universidades se aboquen a una forma de desarrollo nacional endógena. Todo el siglo XX, desde aquel informe del 37 hasta el comentario de Clarac, revela una sistemática desarticulación de la ciencia y la tecnología en lo tocante a la responsabilidad por parte de las instituciones universitarias, de construir soluciones a los problemas del país. Problemas que no son otros que los de la satisfacción de las necesidades de alimentación, vestido, vivienda, belleza y bienestar, salud y morada, de nuestra población, en condiciones de sustentabilidad, respeto a la diversidad y a las culturas que expresan y sueñan modos de vida distintos. Hemos visto cómo sectores militares progresistas, entre nosotros Medina Angarita, pero de la misma corriente en otros países, como Perón, Juan Velasco Alvarado o Jacobo Arbenz, intentaron construir un desarrollo nacional para el beneficio de las grandes mayorías, restituyendo para el servicio de todos y no de una minoría privilegiada la enorme riqueza de sus países. El imperialismo norteamericano se encargó y ha seguido encargándose, de disolver por la vía de los golpes de Estado estas posibilidades de construcción de democracias legitimadas por la esperanza y el fervor populares. Hemos visto, igualmente, la absoluta desconexión de las universidades con estos proyectos truncados, aleladas como estaban en la primera mitad del siglo pasado en saberes enclaustrados y, en la segunda -incluyendo lo que llevamos de este nuevo siglo-, apegadas devocionalmente a la ciencia y la tecnología euro y capitalcéntricas. En realidad, supeditadas a un estilo de ciencia, para Oscar Varsavsky que escribió sobre esto en los 70, «surgido hace apenas 30 o 40 años y cuya característica más llamativa es la masificación burocratizada». Ciencia actual, insistía, «universal sólo porque responde a un tipo de sociedad que domina casi todo el mundo: la sociedad de consumo, individualista-competitiva, burocratizada»[48].

Sin duda que hoy, desde este lado, debemos mirar con renovada atención los proyectos de entre guerras de los sectores militares progresistas. Pero igualmente, no dudo de que lo nuestro habrá de ir encaminado en otra dirección, a menos de que repitamos errores sin tiempo ya para rectificar. En aquel entonces existía y dominaba la idea de que el desarrollo y el crecimiento no tenían límites. Había una confianza desmedida –y hoy lo sabemos- infundada, en la capacidad de explotación de los recursos que impulsan el modelo de desarrollo basado en procesos masivos y pesados de industrialización. El mundo, sencillamente, no aguantaría la revolución industrial del Tercer Mundo, sobre todo porque la de Inglaterra, toda Europa y Norteamérica se alimentó de nuestros recursos naturales, por lo que no podemos auto-expoliarnos infinitamente a nosotros mismos (persiguiendo y acorralando a los campesinos e indígenas que esperan de nuestras revoluciones espacios de existencia y convivencia autónomas, no capitalista, no mercantilizadas, no irracionalmente industrializadas) sin que terminemos naturalmente autoinfligiéndonos la destrucción que hoy criticamos al primer mundo y por la cual estaríamos en lo justo si exigiéramos resarcimiento o indemnización. Hablo, pues, de que no podemos continuar por nuestras propias manos con el modelo de desarrollo industrial y extractivista cuya pauta impusieron las elites de los países que hoy gozan de supremacía. Sería un suicidio.  

Nos toca pues, construir un modelo verdaderamente sustentable; por lo tanto, es exigente la construcción de un desarrollo no capitalista, pues el actual como sabemos –saber que las universidades tradicionales eliden como si se tratara de un tabú- exige estructuralmente relaciones diversas de explotación, entre ellas, no sólo la de los seres humanos, sino la de muchos recursos, y especialmente los no renovables (el valor de muchos productos depende de su posibilidad más o menos cercana de agotarse aunada a las dificultades de explotación y a los relativamente altos o bajos niveles de contaminación, de ahí el gran negocio petrolero, como el de todos los minerales y metales de los que dependen industrias como la aeronática (por ejemplo el vanadio, que por cierto regalábamos en estado natural en el petróleo que exportábamos) o de las TIC (como el coltán, llamado el oro azul, sin contar con la explotación troglodita de carbón.)

En efecto, el capitalismo en sólo 200 años ha destruido la posibilidad de supervivencia de una especie con más de 200 mil recorriendo y adaptándose a los más diversos paisajes del planeta. Los seres humanos aprendimos a vivir en todos los climas; el capitalismo sólo puede vivir en uno… y cuando no existe de manera natural, le crea artificialmente, homogenizando y homologando las prácticas capitalistas del mal-vivir, esto es, un vivir des-naturalizado, que ha enfermado a la especie, que la ha quimiquizado[49] reduciendo alarmantemente sus mecanismos de defensa ante las enfermedades, amén de que ha creado nuevas –en laboratorios de guerra biológica- junto con el cultivo de condiciones que incuban conocidas y aun desconocidas como parte de las incontrolables consecuencias de la manipulación de la vida y la muerte, desde la clonación hasta la nanotecnología, averiando nuestra capacidad de reproducción, conduciendo a límites de no retorno la capacidad de seguir viviendo como estamos viviendo.

No me cabe duda, por lo que he escuchado en foros, debates y leído en la prensa, que las universidades nacionales autónomas en su conjunto están estructuralmente negadas a la posibilidad de penetrar en la discusión de estos ámbitos, los únicos que hoy comprometen seriamente a la especie humana. ¿Qué tipo, entonces, de Universidad ha de pensar y en consecuencia, construir la ciencia y la tecnología, que haga posible la perdurabilidad de la vida? Creo que esta pregunta debemos dirigírnosla a nosotros, aquí en la UBV. Intentar respondérnosla, debe formar parte de nuestros programas, cursos, contenidos y estrategias curriculares.

 

 

* * *

 

Bibliografía

 

Arellano Duque, Antonio (1997) «Recuperar la pedagogía en el contexto del discurso de la calidad de la educación», en Revista Iberoamericana de Educación, Nº 14, mayo – agosto, Biblioteca Digital, http://www.campus-oei.org/oeivirt/rie17.htm

Battaglini, Oscar (2004) El medinismo, Monte Ávila, Caracas

Bracho, Frank (1995) Del materialismo al bienestar integral, Ediciones Vivir Mejor, Caracas, Venezuela

Cereijido, Marcelino y Laura Reinking (2008) La ignorancia debida, Monte Ávila, Caracas, Venezuela

Chávez, Hugo (2005) «Discurso de Hugo Rafael Chávez Frías en rechazo al ALCA», 04/11/2005 Estadio Mundialista de Mar del Plata, Argentina. Fundación Madres de Plaza de Mayo, http://www.madres.org/documentos/doc20101024191605.pdf

Escobar, Arturo (2007) La invención del Tercer Mundo, El Perro y La Rana, Caracas, Venezuela

Melcher, Dorothea (1992) «La industrialización de Venezuela», en  Revista Economía Nº 10, http://iies.faces.ula.ve/Revista/Articulos/Revista_10/Pdf/Rev10Melcher.pdf

Ochoa, Alejandro (2006) Aprendiendo en torno al desarrollo endógeno, Fundacite Mérida Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico ULA, Mérida, Venezuela

Pérez Alfonzo, Juan Pablo (2010) en Hundiéndonos en el excremento del diablo, El Perro y La Rana, Caracas

Ramos, Rubén (2009) Velasco: el pensamiento vivo de la revolución, Imprenta Internacional, Maracaibo, Venezuela

Rancière, Jacques (2007) En lo bordes de lo político, Editorial La Cebra, Buenos Aires, Argentina

Ribeiro, Darcy (2006) La universidad nueva: un proyecto, Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela

Ribeiro, Darcy (1992), Las Américas y la civilización, Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela

Rossi, Carlos (Seudónimo) La revolución permanente en América Latina, Cuadernos Rojos, Material de Formación Política «Cátedra Che Guevara-Colectivo Amauta

Saignes, Miguel A. (2009) Latifundio, El Perro y La Rana, Caracas, Venezuela

Sant Roz, José (2010) El Procónsul Rómulo Betancourt, Monte Ávila, Caracas, Venezuela

Sepúlveda, Alberto (1972) «El militarismo desarrollista en América Latina», Foro Internacional, Vol. 13 Nº 1 (Jul – Sep)

Torres, Carlos Alberto (1999) «La universidad latinoamericana: de la reforma de 1918 al cambio estructural en los noventa», Revista mexicana de investigación educativa, julio-diciembre, Vol. 4 Nº 8, pp. 345-377

Torres, Carolina Tovar (2009) «Reseña de Estudios sobre la Universidad Latinoamericana de la Colonia al siglo XXI. Reformas Universitarias de Diana Soto Arango, Manuel Lucena Samoral y Carlos Rincón. Revista Historia de la Educación Latinoamericana, Vol. 12, 2009, pp. 295-299, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Colombia

Varsavsky, Oscar (2006) Hacia una política científica nacional, Monte Ávila, Caracas, Venezuela

Villalobos, Orlando (2004) «El efecto mediático en la articulación del tejido social. El caso de Maracaibo, Venezuela», en Ámbitos, Nº 11 y 12, 1er y 2º semestres, pp. 88-114

 

           

 

 

[1] El lunes 1 de febrero de 2011 en la sede de la Universidad Bolivariana de Venezuela en el Estado Falcón, el jueves 3 en la sede de la Asociación de Profesores de la Universidad del Zulia (Apuz) y el sábado 12 en la aldea de la Misión Sucre «Br. Severiano Rodríguez Hernández».

[2] Juan Pablo Pérez Alfonzo (2010) en Hundiéndonos en el excremento del diablo, El Perro y La Rana, Caracas, p. 37

[3] Para que nos hagamos una idea del estado general de la educación leamos las siguientes palabras de Tomy Thompson, gobernador de Wisconsin en la década de los ‘90: «Estamos graduando estudiantes que no saben leer sus propios diplomas, que no pueden escribir una frase coherente ni resolver problemas de matemática elemental». Y ahora el colofón: lo que piensan voceros de las grandes empresas: «Nosotros podemos enseñarles administración, técnicas de mercado, etc. Lo que nos incomoda es que tengamos que enseñarles a leer, a computar, a comunicarse y a pensar». ¡¿Faltaba más?! Citado por Antonio Arellano Duque (1997) «Recuperar la pedagogía en el contexto del discurso de la calidad de la educación», en Revista Iberoamericana de Educación, Nº 14, mayo – agosto, Biblioteca Digital, pp. 95-96

[4] Juliana Ferrer y Caterina Clemenza (2006) «Gestión de la investigación universitaria: un paradigma no concluido», en Multiciencias, mayo-agosto, año/vol. 6, número 002, Universidad del Zulia, Punto Fijo, Venezuela, pp. 188-193

[5] El periodista Orlando Villalobos (2004) explica este fenómeno afirmando «que las prácticas, costumbres y saberes compartidos, generados desde el ámbito de la comunicación, hacen posible que las carencias materiales no se transformen en anomia o caos definitivo. Dicho de otro modo, la producción de bienes simbólicos, propiciada por la comunicación, compensa o atenúa el déficit de integración social», en «El efecto mediático en la articulación del tejido social», en la revista Ámbitos, p. 92

[6] Jacques Rancière (2007) En lo bordes de lo político, Editorial La Cebra, Buenos Aires, Argentina, p. 80

 

[7] «En la asonada militar del 18 de octubre, los adecos entraron por la puerta ‘grande’ de la traición a los más caros valores de la patria. A partir de entonces todos los partidos políticos se dedicarían con ardor a lo mismo: a conspirar; a servir de tapadera civil a proyectos capitalistas extranjeros a los que se le colocaban los bellos títulos de ‘desarrollo social’ o de ‘progreso democrático’. En virtud de este crimen espantoso, al país no le quedaría otro destino que atarse a las decisiones que, en política y economía, determinasen las compañías petroleras», José Sant Roz (2010) en El procónsul Rómulo Betancourt, Monte Ávila, Caracas, Venezuela, p. 204

[8] Citado por Oscar Battaglini (2004) El medinismo, Monte Ávila, Caracas, p. 134

[9] Ministro de finanzas de Noruega, citado por Juan Pablo Pérez Alfonso, Ob. cit., pp. 242-243

[10] Carlos Alberto Torres (1999) «La universidad latinoamericana: de la reforma de 1918 al cambio estructural en los noventa», Revista mexicana de investigación educativa, julio-diciembre, Vol. 4 Nº 8, pp. 345-377

[10] Darcy Ribeiro, ob. cit. p. 297

[11] Alberto Sepúlveda (1972) «El militarismo desarrollista en América Latina», Foro Internacional, Vol. 13 Nº 1 (Jul – Sep), p. 60

[12] Íbidem.

[13] Darcy Ribeiro (1992), Las Américas y la civilización, Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, p. 297

[14] Carlos Rossi (Seudónimo) (1972) La revolución permanente en América Latina, Cuadernos Rojos, Material de Formación Política «Cátedra Che Guevara-Colectivo Amauta, p. 12

[15] Rubén Ramos (2009) Velasco: el pensamiento vivo de la revolución, Imprenta Internacional, Maracaibo, Venezuela. p. 146

[16] Alberto Sepúlveda, Ob. cit., pp. 45-65

[17] Darcy Ribeiro, ob. cit. p. 297

[18] Alberto Sepúlveda, ob. cit., p. 46. Los matices debemos considerarlos pues, no son pocas las diferencias entre Isaías Medina Angarita y Marcos Pérez Jiménez. Sepúlveda habla de Dictaduras Populistas, pero entre Perón, Velasco o Batista, no es fácil determinar ajustados marcos de comparación.

[19] Célebre es la frase de Franklin D. Roosevelt, refiriéndose a Somoza: "Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".

[20] Darcy Ribeiro (2006) La universidad nueva: un proyecto, Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, p. 11

[21] Discurso de Hugo Chávez del 04 de noviembre de 2005 en Mar del Plata contra el Alca. Se puede leer en http://www.madres.org/documentos/doc20101024191605.pdf

[22] Propuestas generales del gobierno de Jacobo Arbenz (Quetzaltenango, Guatemala, 14 de septiembre de 1913 – Ciudad de México, 27 de enero de 1971) militar y político guatemalteco. Presidente de Guatemala de 1950 a 1954. Electo democráticamente, fue derrocado por un golpe de Estado orquestado por la CIA de los Estados Unidos, que lo sustituyó por una junta de gobierno militar.) Tomadas del libro de José Sant Roz, Ob. cit., p. 383

[23] Juan Velasco Alvarado, citado por Alberto Sepúlveda, ob. cit., p. 53

[24] Sepúlveda, Ob. cit., p. 52

[25] Arturo Escobar (2007) La invención del Tercer Mundo, El Perro y La Rana, Caracas, Venezuela

[26] Sepúlveda, Ob. cit., p. 47

[27] Documento producido por un grupo de expertos de Naciones Unidas en 1951, citado por Arturo Escobar, Ob. Cit. p. 20

[28] José Sant Roz  es de la opinión que el panamericanismo había devenido en un mecanismo perverso por lo que había que «encontrar algo parecido al Plan Marshall para América Latina, bajo cuya apariencia se erigiese un sistema capitalista seguro y vigoroso». Ob, cit, p. 321

[29] José Sant Roz, Ob. Cit. p. 403

[30] Ídem, p. 362

[31] Arturo Escobar, Ob. Cit. p. 70

[32] José Sant Roz, Ob. cit., 562

[33] Darcy Ribeiro (2006), Ob. cit., p. 51. «Para visualizar los extremos a los que se puede llegar –dice J. P. Pérez Alfonso- vale recordar el caso sucedido hace algún tiempo de la inclusión de máquinas limpiadoras de nieve en equipos hospitalarios», Ob. cit., 169-170

[34] Oscar Varsavsky (2006) (2006) Hacia una política científica nacional, Monte Ávila, Caracas, Venezuela, p. 56

[35] Carolina Tovar Torres (2009) «Reseña de Estudios sobre la Universidad Latinoamericana de la Colonia al siglo XXI. Reformas Universitarias de Diana Soto Arango, Manuel Lucena Samoral y Carlos Rincón. Revista Historia de la Educación Latinoamericana, Vol. 12, 2009, pp. 295-299, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Colombia, p. 298

[37] Juan Pablo Pérez Alfonso, Ob. cit., 220

[38] Rubén Ramos, Ob. cit., 328

[39] Oscar Varsavsky (2006) Ob. cit., p. 61

[40] Arturo Escobar, Ob. cit., p. 50

[41] Íbidem, p. 49

[42] Darcy Ribeiro (1992) Ob. cit., 298-299

[43] Carlos Alberto Torres, ob. cit.

[44] Dorothea Melcher (1992) «La industrialización de Venezuela», en  Revista Economía Nº 10, p. 68. La versión digital se puede leer en http://iies.faces.ula.ve/Revista/Articulos/Revista_10/Pdf/Rev10Melcher.pdf

[45] Informe citado por Miguel Acosta Saignes (2009) en su libro Latifundio, El Perro y La Rana, Caracas, Venezuela, pp. 29-30

[46] Marcelino Cereijido y Laura Reinking (2008) La ignorancia debida, Monte Ávila, Caracas, Venezuela, p. 5

[47] Jacquline Clarac (2006) «Desarrollo Endógeno, algunas reflexiones desde Mérida», en Aprendiendo en torno al desarrollo endógeno, Ed. Alejandro Ochoa, ULA, Fundacite Mérida Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico ULA, Mérida, Venezuela, pp. 225-226

[48] Oscar Varsavsky, Ob. cit., pp. 6-8

[49] Frank Bracho (1995) advertía que «otra inmanejable consecuencia de la industria química es la generación de un océano artificial de sustancias con efectos estrogénicos (restos metabolizados de hormonas sexuales femeninas). Tal fenómeno está produciendo una alarmante feminización de la vida en el planeta, causante a su vez de un aceleramiento de la edad sexual de las mujeres, una feminización de los hombres, y una atrofia reproductiva en los animales salvajes expuestos al consumo de estrógenos a través de medios trasmisores como el agua de los ríos contaminados. La famosa revista médica británica The Lancet ha reportado un aumento dramático en los últimos años de enfermedades asociadas a la ingestión de estrógenos, tales como el cáncer vaginal y testicular, malformaciones en el pene y una notable reducción en la esperma masculina. Como resultado de la ‘quimiquización’ y ‘estrogenización’ de la vida moderna, ya un 20% de las parejas de los países industrializados no son capaces de procrear; y para el año 2000, el 50% de la población de Estados Unidos podría haberse convertido en estéril», en Del materialismo al bienestar integral, Ediciones Vivir Mejor, Caracas, Venezuela, pp. 10-11