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Lo seguimos diciendo desde el primer día: El accidente nuclear en Japón es extremadamente grave

Rebajando la importancia del desastre

Incertidumbre informativa tras la crisis nuclear en Japón

 

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández


 

En un desastre de esta magnitud, es de la mayor importancia que la información sea precisa y se facilite con rapidez.” Jim Ricco, experto nuclear (1).

En estos últimos días el gobierno japonés y la Tokyo Electric Power están recibiendo innumerables críticas por su forma de manejar la crisis de la planta nuclear de Fukushima Dalichi. Los responsables, por ambas partes, están bajo sospecha por retener o manipular información vital sobre la tragedia. Después de varios días de información incompleta e insatisfactoria, los expertos nucleares internacionales, la prensa internacional, incluso la prensa japonesa, junto con algunos funcionarios diplomáticos, han arremetido contra ambos por no proporcionar información suficiente (2). A su vez, el primer ministro japonés, sin duda tratando de señalar con el dedo hacia otra dirección, atacó a la compañía por no informar a su gobierno de las explosiones ocurridas en la planta a principios de la semana pasada. Yurika Ayukawa, profesor de medio ambiente en la Universidad de Chiba, explicó: “No hay transparencia en la información que están dando (3)”. La incertidumbre y las cínicas especulaciones acerca de los motivos de tal proceder por parte de las autoridades se han convertido en tema de importante preocupación para muchos, tanto dentro como fuera de Japón.

Recientemente, Gregory Jaczko, presidente de la Comisión Reguladora Nuclear de EEUU, disipó cualquier duda acerca de las graves inconsistencias en la forma en que el gobierno japonés estaba exponiendo la gravedad de los hechos al ofrecer una evaluación mucho más sombría que la facilitada por aquél. A renglón seguido de esta inquietante crítica llegaron las noticias de que los niveles de radiación encontrados en las espinacas y en la leche, a unos 150 kilómetros de la planta de Fukushima, superaban los estándares de seguridad establecidos por el gobierno.

Ocho días después de que empezara la emergencia nuclear, un alto funcionario del gobierno japonés afirmó que tendrían que haber admitido mucho antes la gravedad de la crisis (4). Queda por ver si ese reconocimiento va a cambiar en algo la respuesta del gobierno. Incluso aunque se produzca un cambio radical en las políticas de comunicación del gobierno sobre la crisis, tal maniobra apenas puede deshacer ya todo el daño innecesario que hasta la fecha ha provocado una información distorsionada. Si el registro histórico de la conducta de los funcionarios en anteriores desastres indicara algo, las posibilidades de este mea culpa puede que no den mucho de sí.

A menudo, los gobiernos y las corporaciones rebajan la importancia de los desastres y proporcionan al público relatos demasiado optimistas acerca de la gravedad de un suceso. A fin de evitar el escrutinio público y salvaguardar los intereses de las corporaciones (en este caso, de la industria de la energía nuclear), los gobiernos a menudo retienen información vital no sólo a sus ciudadanos sino también a los expertos extranjeros y a la comunidad internacional.

En los días, semanas e incluso meses que siguen a un desastre, la gente siente gran incertidumbre tanto acerca de los riesgos reales como de los percibidos. La información que se facilita sobre la naturaleza y amplitud de esos riesgos es incompleta y habitualmente contradictoria. Las partes implicadas en el desastre, así como los medios, los organismos públicos y las ONG liberan toda una cacofonía de comunicaciones que la población afectada considera a menudo contradictoria y confusa.

Este sentimiento de confusión se acentúa cuando, como en la actual crisis nuclear en Japón, se retiene la información y la incertidumbre se extiende. En esas circunstancias, tanto las víctimas del desastre como los expertos extranjeros tienen que luchar para conseguir fuentes fidedignas de información. Una frase común a menudo escuchada en esas circunstancias, y que se ha estado reiterando en la actual pesadilla nuclear, es: “Es difícil saber a quién creer”. Para los que viven muy cerca de la zona afectada, es esencial disponer de información fiable sobre las amenazas potenciales para que la gente pueda hacer evaluaciones precisas sobre cómo responder a las amenazas medioambientales.

El tipo de incertidumbre informativa que ha anegado Japón en días recientes genera un discurso público no sólo sobre a quién hay que culpar por las amenazas percibidas y daños actuales, sino también acerca de quién es el responsable que debe emprender la oportuna y eficaz rehabilitación de lo dañado. También plantea preguntas acerca de la gravedad de los hechos y de los daños potenciales a largo plazo que pueden derivarse, especialmente en el caso de la actual crisis. Además, el vacío informativo que existe tras un desastre, y no digamos en el caso de una catástrofe importante, puede provocar rumores y desinformación perjudiciales que pueden obstruir una respuesta oportuna. Uno de los efectos negativos principales de esta incertidumbre y confusión es que puede impedir seriamente una respuesta eficaz y oportuna ante un desastre. En resumen, se pueden perder horas e incluso días esenciales por culpa de esa desinformación y confusión.

La ciencia y la tecnología aparecen a menudo implicadas en los desastres, especialmente en los tecnológicos como el que se está desarrollando en los reactores nucleares de Fukushima. Los ciudadanos se vuelven instintivamente hacia los científicos en búsqueda de respuestas, al igual que los políticos y las corporaciones. Mientras los medios buscan respuestas inmediatas para cubrir las páginas diarias y el público pide respuestas instantáneas, la ciencia, en virtud de su enfoque metodológicamente riguroso, no puede responder de inmediato a esas demandas. La ciencia puede ser un proceso lento y minucioso que a menudo no puede producir las frases jugosas que los medios de comunicación ansían ni las garantías y puntos de vista que el público exige. La situación empeora cuando se retiene la información no sólo a los medios y al público sino también a la amplia comunidad científica. La crisis actual en Japón es, lamentablemente, un ejemplo supremo de ese tipo de ofuscación.

Habitualmente, esa vorágine de información contradictoria y falta de transparencia genera un clima de controversias entre los científicos y los profanos en la materia. Especialmente la gente de a pie se siente a menudo confusa por los comunicados ambiguos o contradictorios que hacen algunos expertos y demasiado desconcertados como para entender las ambigüedades. En el ejemplo actual, los medios y los expertos extranjeros están absolutamente desconcertados.

En este torbellino de incertidumbres y falta de conocimientos, la gente se vuelve escéptica sobre la fiabilidad de las pruebas científicas. De repente, algunos consideran a la ciencia como algo carente de seguridad e incapaz de resolver la ambigüedad. En ese proceso, se pasa a cuestionar la invencibilidad sistemática de la ciencia y se desafía su monopolio sobre la verdad. Por desgracia, cuando las autoridades se comportan como lo han hecho tras este desastre, su conducta sirve para socavar la fe de la gente en las virtudes de la ciencia.

En ocasiones, se considera que la ciencia y la ingeniería son la causa de desastres tales como, por ejemplo, el accidente nuclear en Three Mile Island, la catastrófica fusión del núcleo de Chernobyl o la explosión química que se produjo en Bhopal. Como consecuencia, algunas personas consideran que la ciencia está demasiado constreñida en su orientación como para poder emprender una aproximación holística que resuelva sus dilemas o aborde adecuadamente los desafíos ontológicos a que se enfrentan.

En los primeros días de la crisis, el gobierno japonés ofreció todo tipo de seguridades a su nación de que no había peligro de sufrir un desastre nuclear importante y rebajó cualquier riesgo sobre la salud y el medio ambiente. La Tokyo Electric Power emitió comunicados opacos que describían los acontecimientos con un lenguaje técnico y extremadamente pobre totalmente descontextualizado de las vidas diarias de los ciudadanos cuyas existencias ha puesto en peligro.

Esas primeras declaraciones, tanto del gobierno como de la compañía, no reflejaban la verdadera naturaleza de la situación. Sus informes resultaban contradictorios y ambiguos para el público japonés, los medios y los expertos nucleares internacionales. De hecho, los expertos, y no precisamente uno, han dudado de la exactitud de la información oficial facilitada a través de la crisis (4). La credibilidad de los comunicados del gobierno ha acabado también minada porque en los informes facilitados con ocasión de anteriores sucesos nucleares, de menor gravedad, también se habían rebajado y ocultado una serie de hechos.

The Guardian informó que WikiLeaks había publicado un cable diplomático en el que un político japonés “de alto nivel” decía a los diplomáticos estadounidenses que el ministerio responsable de la energía nuclear en los gobiernos japoneses había “encubierto los accidentes nucleares y ocultado los verdades costes y problemas asociados con la industria nuclear (6)”.

Entre los ejemplos de lo que se denomina “episodios ocultados” se incluyen incidentes de los que se informó en el New York Times. Según el Times, en la planta nuclear situada en la ciudad de Kashiwazaki hubo un incendio y un escape de una pequeña cantidad de radiación. Al parecer, la Tokyo Electric Power construyó la mayor planta de energía nuclear del mundo, aunque sin saberlo, sobre una falla sísmica activa, según un informe de investigación que se publicó tras un accidente (7).

Paul Dorfman, miembro de un comité de asesoramiento británico ya desaparecido, manifestó su preocupación cuando declaró: “Estamos siendo testigos de un pauta clara de secretismo y negación” al comentar la actual crisis”. Según Dorfman, “Hay una profunda incertidumbre acerca del impacto del desastre” (8).

Aileen Mioko Smith, que una vez vivió cerca de Three Mile Island y que ahora es miembro de una organización medioambiental en Tokio, destacó esas declaraciones diciendo: “No se está ofreciendo a la gente la información que necesita” (9).

Kenneth Bergeron, físico y ex científico de Sandia, se hizo eco de parecidas preocupaciones cuando, frente a las seguridades de la industria subrayando que la situación estaba bajo control, manifestó: “No sabemos realmente lo que está pasando” (10).

Todo lo cual sugiere que las valoraciones optimistas del gobierno no se basaban tanto en los hechos como en una campaña de relaciones públicas (y sin duda en un cierto grado de confusión) para reducir la incertidumbre y tranquilizar al público y a la comunidad internacional.

En una conferencia de prensa patrocinada por varios grupos, Robert Alverz, que trabajó durante un tiempo como Alto Asesor en el Departamento de Energía de EEUU y como Subsecretario Adjunto para Seguridad Nacional y Medio Ambiente, hizo hincapié en la afirmación de Bergeron diciendo: “Hay muchas cosas que no sabemos”. Es decir, lo que estos hombres están diciendo es que no hay pruebas científicas suficientes que puedan apoyar el hecho de que se minimicen los daños potenciales (11).

Representativa de la incertidumbre y confusión alrededor de la crisis es una de las actualizaciones emitidas por la Tokyo Electric Power: “No es seguro que haya habido un escape radioactivo”; declaraciones lacónicas como ésta no permiten revelar mucha información útil. Además, cuando se habla de amenazas potenciales a la salud se dice muy poco en relación a todas las cuestiones importantes, haciendo caso omiso de los riesgos que para la salud suponen las exposiciones de nivel bajo, tasas de exposición y riesgos acumulativos. En resumen, se pasan por alto los matices sobre los riesgos para la salud pública y se ofrece una información confusa que no proporciona una información eficaz a quienes se encuentran especialmente en peligro.

En efecto, el gobierno, la compañía de la planta nuclear y algunos otros más no han emitido hasta ahora más que informes contradictorios, haciendo que sea extremadamente difícil valorar con precisión la amenaza exacta de las emisiones radioactivas, por no hablar ya de todo lo que puede haber ocurrido en la planta de Fukushima Daiichi. Se han planteado preguntas acerca de los niveles del agua en las diversas cámaras de refrigeración, así como si los recipientes de contención han resultado dañados y si es así, en qué grado. También hay dudas sobre la fuente de las emisiones radioactivas, la cantidad de esas emisiones y, últimamente, si uno de los reactores presentaba daños estructurales con anterioridad a la actual crisis del catastrófico terremoto. Estas y muchas otras preguntas siguen sin resolverse en las mentes tanto de expertos como de ciudadanos.

La falta de transparencia, la reducción de la gravedad de los hechos y la consiguiente incertidumbre no sólo es un legado de desastres anteriores (por ejemplo, Love Canal, el vertido de ceniza de TVA, el derrame de petróleo en el Golfo de México de BP y un sin fin de desastres más) sino de los dos desastres nucleares mundiales. Las autoridades de la industria rebajaron la fusión parcial en Three Mile Island –TMI- (1979), para desgracia de los residentes de Pensilvania y de su gobernador. El gobernador Thornburh y su equipo no lograron que la Metropolitan Edison les diera información fidedigna, porque trataron de disimular las inconsistencias presentadas en los hechos tras el accidente. Las evaluaciones realizadas hallaron que a pesar de la abundancia de incertidumbres, la compañía adoptó una estrategia de relaciones públicas que tendía a pasar por alto tales incertidumbres y trataba de crear sensaciones de certeza.

El grado de incertidumbre que existía se ve bien reflejado en una declaración hecha por el presidente de NRC, Joseph Henrie: “Estamos actuando casi totalmente a ciegas… es como un par de hombres ciegos que se tambalean tratando de tomar decisiones (12). Aunque debemos ser cuidadosos y reconocer que todas las especificidades de cada caso son inmensamente diferentes, de alguna manera la ambigüedad de la situación alrededor de TMI pone de relieve una extraña relación con la actual situación en Japón y en grado menor con Chernobyl.

Aunque también hubo una retención de información y una considerable incertidumbre alrededor de la espantosa tragedia de Chernobyl, hay también algunas grandes diferencias.

Sobre todo, en directo contraste tanto con lo que ocurrió en TMI como en los recientes sucesos de Japón, la Unión Soviética no reconoció el peor accidente nuclear del mundo hasta casi tres días después de que una serie de explosiones destruyeron uno de los reactores de Chernobyl. Ni tampoco evacuaron a los vecinos de la cercana ciudad hasta casi un día entero después del accidente. Sólo reconocieron la catástrofe tras el resultado de una nube radioactiva que desencadenó la alarma en un reactor nuclear en Suecia tres días después de la explosión inicial.

Aunque el gobierno de EEUU fue muy crítico con la falta de transparencia de la Unión Soviética, él mismo intentó obstruir el acceso a la información sobre el peor desastre nuclear mundial intentando ocultar la información que podría haber resultado perjudicial para su propia industria nuclear. Por ejemplo, tanto el Departamento de Energía como la Comisión Reguladora de la Energía Nuclear de EEUU impusieron una especie de secreto de sumario sobre sus empleados y contratistas, así como sobre los científicos de los laboratorios nacionales. En un intento de limitar la información al público y de evitar cualquier comparación entre las plantas de energía nuclear soviéticas y los reactores estadounidenses, emitieron estrictas instrucciones al personal mencionado antes para que evitara cualquier pregunta por parte de la prensa sobre Chernobyl o proporcionara siquiera información sencilla sobre experiencias anteriores (13). Es respuesta no sorprendió a algunos observadores dado que el gobierno de EEUU lleva décadas tratando de rebajar los legados radioactivos de la Guerra Fría (14).

A raíz de un desastre, los gobiernos y las corporaciones pueden jugar un papel decisivo a la hora de definir la situación y crear una narrativa “oficial”. Es fundamental cómo interpreten, conformen y ofrezcan los conocimientos, ya que en ocasiones se crea una incertidumbre adicional. La forma en la que se facilita o se oculta el conocimiento, en una atmósfera de ambigüedad generalizada, es fundamental para conocer cómo y en qué grado un desastre afecta finalmente tanto a las personas como al medio ambiente. No importa cuál sea la naturaleza del motivo institucional que lleva a rebajar tales amenazas, el efecto principal es el mismo: no sólo niega a quienes están desproporcionadamente afectados por el desastre la capacidad para evaluar con precisión las amenazas y adoptar estrategias eficaces para afrontarlas, sino que también puede malograr seriamente la capacidad para detener tales amenazas y remediar eficazmente el problema. En el caso de la actual crisis nuclear en Japón, lo que está en juego no puede ser mayor.

Es absolutamente fundamental que las autoridades japonesas sean más transparentes en sus comunicaciones sobre la crisis. Es igualmente imprescindible, como la actual crisis deja claro, que los responsables de todo el mundo se den cuente de los graves daños que pueden inflingirse con la ofuscación y distorsión de la información críticas inmediatamente después de producirse una catástrofe.

Notas:

1. http://www.guardian.co.uk/world/2011/mar/16/japan-nuclear-crisis-escalates

2.http://www.nytimes.com/2011/03/17/world/asia/

3.http://www.democracynow.org/seo/2011/3/14/

4. http://www.dailymail.co.uk/news/article-1367684/

5. http://www.guardian.co.uk/world/2011/mar/14/

6. http://www.guardian.co.uk/world/2011/mar/14/

7. http://www.guardian.co.uk/world/us-embassy-cables-documents/175295

8. http://www.dailymail.co.uk/news/article-1367684/

9. http://www.nytimes.com/2007/07/24/world/

10 & 11. http://www.psr.org/

12. Cora Bagley Marrett: “The Accident at Three Mile Island and the Problem of Uncertainty, in The Three Mile Island Nuclear Accident: Lessons and Implications”, 1988, 146-156. New York: Annals of the New York Academy of Sciences.

13. Nelkin, Dorothy (1995): “Selling Science: How the Press Covers Science and Technology”. New York: W.H. Freeman and Company.

14. Johnston, Barbara, ed., 2007, “Half-Lives & Half Truths: Confronting the Radioactive Legacies of the Cold War”. Santa Fe, NM: School for Advanced Research.

Gregory Button es profesor de la Universidad de Tennessee. Ha estudiado numerosos desastres a lo largo de las tres últimas décadas, incluidos los accidentes nucleares de Three Mile Island y Chernobyl. Su libro más reciente se titula “Disaster Culture: Knowledge and Uncertainty in the Wake of Human and Environmental Catastrophe (Left Coast Press).

Puede contactarse con él en: gregoryvbutton@mac.com

Fuente: http://www.counterpunch.org/button03222011.html