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ENTREVISTA AL GENERAL GUSTAVO PARDI DÁVILA

PARDI

José Sant Roz

El general Gustavo Pardi Dávila cumple años el 19 de noviembre, casualmente el mismo día en que también lo celebra el autor del presente trabajo. Don Gustavo es un hombre que ha vivido a plenitud cada trozo de camino que le ha tocado recorrer, y está retirado de los embrollos nacionales desde hace varias décadas. Como se sabe, el general Pardi Dávila fue ministro de la Defensa durante el primer mandato del doctor Rafael Caldera (y luego CAP quiso que continuara en el mismo cargo), pero antes había transitado por los vericuetos trágicos y caóticos de las asonadas militares y de las convulsiones civiles que desde 1945 venía sufriendo nuestro país. Amigo predilecto de Teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, respetado (y me atrevería a decir que en cierto modo temido) por el general Marcos Pérez Jiménez, testigo sereno y diestro en este mar minado de sorpresivos y arteros ataques (el pan nuestro del quehacer político), llegó a coronar su carrera con los más altos honores y grados militares, y continuó sobrellevando su retiro como un simple ciudadano que lo ahora aspira es vivir en paz (después de haberse entregado por mucho tiempo al vértigo de las tormentas y escollos de la historia). Para él sí ha escampado definitivamente.

SU MAYOR ORGULLO

Quizás su mayor orgullo como militar nada tenga que ver con las armas, sino el haber contribuido de manera certera y contundente con la llamada Pacificación del país. Cuando Venezuela estuvo madura para dar este paso, don Gustavo lo advirtió y fue escuchado por el doctor Rafael Caldera. Fue entonces cuando de los gritos de guerra de muchos guerrilleros se pasó a disfrutar serenamente de una beca del Estado, de un cargo en algún consulado o de un puesto burocrático en alguna oficina de la cultura. Y muchos, en lugar de dejar sus restos en las montañas para que las carroñas se dieran banquetes, perdieron el hígado en las barras de los bares de Sabana Grande. Y el país salió ganando.

Como suele ocurrir en este país de olvidos e injusticias, muchas penas y cargas heredó don Gustavo en cuanto recibió aquel ministerio de la Defensa, tan desprestigiado por las policías represivas de los gobiernos de Betancourt y Leoni, en medio de una Venezuela enguerrillada y turbulenta, desviada peligrosamente de una transición que prometía paz y trabajo, orden y desarrollo, a fuerza de demagogia y manipulaciones a partir del golpe del 45. Había que dar un paso trascendental a finales de la década de los sesenta en lo que se llamó la Pacificación, y es allí donde la actuación de don Gustavo resulta primordial para conseguirla, porque fue él quien entrevió que ella debía comenzar precisamente por las Fuerzas Armadas. Esta fue su gran visión como militar. De esta Pacificación a la de la sociedad civil había sólo un paso. Y sería injusto decir que esta obra se debe sólo al doctor Rafael Caldera.

En realidad al finalizar el gobierno de Leoni, las políticas caóticas y versátiles del Partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria estaban bastante debilitadas y desmoralizadas. Había que dar un paso que en principio permitiera una revisión de los errores cometidos en el pasado por los gobiernos y en parte por las propias Fuerzas Armadas, y luego abrir las compuertas para hermanar las partes en pugna.

Este paso fundamental tuvo que ver también con ese fluir de ideas y pensamientos de lo que posteriormente habrá de nutrir el debate interno de la función de las Fuerzas Armadas en la política nuestra. Reducido en gran medida aquel odio irracional hacia los militares por parte de los militantes de la izquierda, se descubrió que juntos podrían poco a poco llevar adelante un proyecto de cambio para Venezuela. En este encuentro tuvo participación muy activa militares retirados como Edito Ramírez y Hugo Trejo; después entre los activos William Izarra, y una larga cadena de oficiales que finalmente concluyó con la armazón del MBR-200, a la cabeza de Hugo Chávez.

La Hacienda La Concepción

La casa de don Gustavo Pardi Dávila, en Mérida, es la Hacienda La Concepción perteneciente a su señora madre, doña Elena Dávila Briceño: Se encuentra en un paraje maravilloso, en las afueras de la Mérida turbulenta, que llegó en sus buenos tiempos a ocupar varias docenas de hectáreas desde el Chama, parte de la Parroquia, hasta el cerro El Guayabal. Luego algunas consejas que en los mentideros políticos nunca faltan, inventaron que don Gustavo se había levantado esta propiedad mediante manejos irregulares desde su cargo en el Ministerio de la Defensa.

Apenas se deja de lado la congestionada autopista Centenario, al sur y hacia las afueras de la ciudad, se abre un campo llano y apacible, que ha estado en la mira de potentados, contratistas y políticos fanáticos del desarrollo: Zumba. La codicia tiene allí sus mausoleos, y han tratado de dar ciertos zarpazos hasta los hermosos terrenos que colindan con el Chama. Dando tutes se entra en un campo en los que de vez en cuando nos saludan caserones antiguos de paredes de gruesas tapias y elevados techos que nos hace recordar aquellas señoriales haciendas que hemos visto en alguna vieja película mejicana. Un poco más al fondo está La Concepción,  en tierra más o menos caliente. Esta hacienda fue fundada en 1781. Seguramente por aquí pasó a tomar refresco Fray Juan Ramos de Lora el 26 de febrero de 1785, cuando venía cargado de cajones a uña de mula, con la ilusión de levantar el Real Colegio Seminario Tridentino de San Buenaventura.

La Concepción fue invadida por los comuneros (tras la rebelión que hubo en el Socorro, Colombia), historia que recoge el escritor Alvaro Parra en una novela.  También en esta hacienda se cultivó hasta hace unas pocas décadas caña de azúcar, y existen todavía los restos de la maquinaria de la primera fábrica de azúcar morena de la región. Porque ese era el principal negocio, entonces.

Al llegar se observan unas antiquísimas ruinas con paredes de gruesa tapias, donde estuvo el primer trapiche cuyas enormes ruedas eran movidas por bueyes. En 1882 es cuando se construye la que hoy parece la parte más moderna, y lo hace el abuelo de don Gustavo, quien además hace un acueducto del que se obtenía energía eléctrica por caída de las aguas. En 1927 traen las turbinas de Alemania. Todavía existen viejos cuadernos donde están registradas unas doscientas personas que allí trabajaban.

Vivimos alrededor de la sierradías fríos y don Gustavo se ha sentido un tanto incómodo. Él me lleva exactamente 21 años, una diferencia de edad perfecta para entendernos muy bien. Nos separa toda una época de convulsiones que por mi parte procuro rehacer con entrevistas a testigos y protagonistas de aquellos hechos de donde venimos, a poco de morir el general Gómez: Carlos Chalbaud, J. E. Ruiz Guevara, P. N. Tablante Garrido, José Agustín Catalá, Rigoberto Henríquez Vera, Edilberto Moreno, entre otros.

Don Gustavo no quiere que lo vayan a relacionar en modo alguno con los embrollos nacionales actuales. Dice que quiere vivir sus últimos momentos sin tener que ver con la política en curso, porque seguramente no faltará quien lo mal interprete, quien quiera revivir viejos pleitos o polémicas en muchos casos deformados por las pasiones o tendencias políticas. A raíz de esta entrevista, que salió al aire por un programa de OMC-Televisión (dos horas de duración), hubo quien le encontrara las cinco o seis patas al gato diciendo que don Gustavo “era echón”, “que buscaba molestar el gobierno porque era familia del ex gobernador William Dávila Barrios” (porque suponen que tiene algún parentesco con éste, cuando no es cierto).

A don Gustavo ya nada le hace falta, sino su tranquilidad, su silencio, la paz y la armonía de estos campos, entre gentes humildes. Yo creo que tuvo todo lo que quiso. Y algo que quizás ha sido su mayor gloria: Pasar por la época final de la violencia guerrillera en Venezuela sin haber dejado un solo rastro de queja o de dolor. Connotados personajes que estuvieron del otro lado del frente en esta lucha llegaron después a reconocerle la calidad humana de su trato y de su bondad.

SUS ORÍGENES DEL OTRO LADO DEL CHARCO ATLÁNTICO

Desciende el general Pardi Dávila de italianos cultos, enamorados de la buena música, del bullicio de los muchachos en casa, de las buenas pastas y de las sierras merideñas; atesora en su finca La Concepción una impresionante colección de joyas fotográficas, delicadas obras artesanales y de antigüedades sobre casi todos nuestros pueblos.

Es don Gustavo de esa vena poética y romántica, sensible y amorosa de los italianos que aquí llegaron a finales del siglo XIX. Italianos que lloraban y se conmovían hasta las lágrimas ante un poema o la música y como le costaba escribir parodiaban a los buenos creadores; casi todos los mecánicos, músicos, zapateros, talabarteros, electricistas, plomeros, herreros, constructores  y artistas que teníamos a principios del siglo pasado o eran italianos o hijos de éstos. Casi todo lo que venezolanos han sabidos hacer en estos menesteres se lo debemos a estos inmigrantes trabajadores, emprendedores, que para llevar a cabo su labor lo mismo les daba vivir en las ardientes sabanas de Calabozo o Zaraza que en las cornisas heladas y escarpadas de los páramos andinos: gente alegre que se enamoraron de esta tierra y echaron profundas raíces en nuestros pueblos.

Los italianos que traen al mundo a don Gustavo llegan vía Trujillo, probablemente de aquellos Monzillos, que se entrelazan con los legendarios caudillos Araujos.

El padre de don Gustavo nace en Valera en 1876, vuelve a Italia y participa en la Segunda Mundial pero muere en Venezuela cuando Gustavo apenas cuenta con siete años de edad.

- ¿Qué le refirieron sus padres de este encuentro con Venezuela?

  • Los italianos – nos dice – celebraban un acontecimiento de la unidad italiana, y lo iban a realizar con la anuencia del padre Jáuregui, pero a última hora le suspendieron la entrada. Era un gremio donde usted consigue de todo: sastres, talabarteros, carpinteros, músicos. Entonces ellos mismos se pusieron de acuerdo e hicieron una cruz y la levantaron: un espectáculo increíble. Ese día mi abuela dio a luz a mi papá. A los tres meses se fueron, porque a mi abuela Gatina, Mayi, no le gustaba América y regresó a Italia (para nunca más volver): Le molestaba el calor, la plaga.... Este grupo había sido expulsado de Italia por ser garibaldinos, fue un grupo muy numeroso, y llegaron a Venezuela por recomendación de un señor Carnevalli que había conocido los Andes venezolanos. Se establecieron en Boconó. Todas esas familia Berti, Mazzei... Mi Padre regresa cuando tiene unos 22 años a hacerse cargo de un comercio que ha comprado mi abuelo. Por ejemplo, el hermano de mi papá que se llamaba Francisco Pardi fue rector de la Universidad de Piza. En Piza hay una calle que se llama Franchesco Pardi, y yo fui y me retraté allí varias veces. Y mi propio padre dominaba siete idiomas. Él fue educado en Suiza en un colegio que supongo equivalente a un instituto politécnico, muy famoso que todavía existe. Mi madre, Elena Dávila Briceño, tiene quince hermanos que nacieron aquí, entre ellos mi abuelo que fue José de Jesús Dávila, que fue un prohombre, rector de la Universidad de Mérida, electo por el claustro. Y cuando mi abuelo tenía como unos diez años, esta hacienda fue asaltada; llegaron una especie de guerrilla a caballo y mataron a dos tíos-abuelos míos. José de Jesús se salvó porque era el menor. Dos años después lo sacaron de aquí. Yo tuve un tío, Asunción Dávila, que estudio en París medicina; ése se fue a San Cristóbal. Me abuelo se fue quedando aquí solo, porque le compró a unos hermanos y a otros les cambió los derechos. Esos Dávila eran dueños de todo esto: la Mara, Los Corrales, la Sabana... todo eso. Muy poderosos eran esos Dávilas, además de industriosos, muy trabajadores y austeros.
  • ¿Fueron prácticamente los italianos quienes enseñaron a vivir bien a las familias merideñas?
  • La gente de Mérida solía recrearse con fiestas para hombres solos. Iban a tomar brandy normalmente, y eran pocos los que se reunían. Después llegan los italianos y se forman grupos numerosos donde participan también las mujeres y los niños, y se hacen picnis donde se bebe vino.
  • Fue casi un milagro que uno de aquellos Dávilas, acostumbrados a entrelazarse matrimonialmente, llegasen a casarse con un italiano.
  • Resulta que ellos tenían sus redes. Resulta que eso era para conservar los dineros, las herencias. Mi abuelo Dávila era re-tío de mi abuela Mariana, y así. El “Libro de los Dávilas” es una galleta madre.
  • ¿A qué edad viene usted a esta hacienda?
  • Bueno, prácticamente yo nací en Mérida. Allí hice mis estudios en el colegio San José de Mérida. En verdad lo que hice aquí fue hasta primer año. Es que antes a uno lo recibían en la escuela militar con sexto grado, y las cuatro reglas como entonces se decía. Y a la Escuela militar me fui en 1940, muy entusiasmado, porque en realidad me gustaba ser militar. Porque tenía influencias de Trejo que venía por aquí uniformado, de Che María Jiménez que también era de aquí de Mérida y lo habían uniformado, de Antonio Dávila Celis... y como teníamos primos y parientes como Juan de Dios Celis Paredes. Ellos me estimularon. Me fui con cuarenta bolívares y mi mamá me compró el pasaje. Y me fui a la buena de Dios, y dígame que yo fui el único que entré de todos los que fueron por Mérida. Recuerdo que llegué a una pensión en la esquina de Veroes; tendría yo unos dieciséis años. No conocía todavía una ciudad como Caracas ni tampoco el mar.
  • Usted era una persona ambiciosa.
  • No lo puedo negar. Me gustaba escalar posiciones, bregar para ser el mejor. Desde mi adolescencia en Mérida me destaqué como un pequeño líder.
  • ¿Cómo es que usted dice que fue un niño tremendo cuando se le nota tan sereno y comedido en sus ideas y pensamientos?
  • Los años hacen milagros, profesor.
  • ¿Le toqué tomar decisiones fuertes?
  • Pero nunca contra la dignidad humana. Tener altas posiciones significa mando y posición. Nadie puede venir con cuentos de que yo cometí injusticias. 

LA ESCUELA MILITAR

- ¿Qué recuerda de esa primera estancia en Caracas?

  • Recuerdo por ejemplo, la primera visita que hace Isaías Medina Angarita como presidente de la República es a la Escuela Militar. Yo estaba allí. Inspeccionó la alimentación que nos estaban dando. Fue para la cocina. Después lo encontré en la Fuente de Soda Boyacá. Los presidentes andaban sin escoltas. Otro día, una tardecita, encontré al presidente Medina frente a la Iglesia Las Mercedes, saliendo de una clínica odontológica. Por toda custodia llevaba un edecán.
  • ¿Y luego de ese primer contacto con el general Medina?
  • Bueno,  yo era condiscípulo de un sobrino suyo. Todavía siendo presidente estaba en una ceremonia en el Mercado Sucre, y cuando íbamos por San Martín nos topamos; íbamos en el carro del sobrino quien propuso que nos fuésemos a la Quebradita para saludar a su tío. Entró el sobrino y nosotros nos quedamos afuera: entonces fue cuando vimos al general Medina venir quien nos preguntó: “¿Y ustedes por qué me tienen miedo?” Y pasamos y nos echamos unos whiskis con ellos.

- ¿A su parecer quiénes realmente fueron los oficiales que urdieron el Golpe contra Medina?

  • Principalmemente, el capitán Marcos Pérez Jiménez y el mayor Julio César Vargas. Ellos estaban recién llegados del Perú. Venían imbuidos de muchas ideas sobre la modernización de las Fuerzas Armadas. Fueron profesores de nosotros, en la Escuela Militar. Yo tuve por profesores lo más granado de la Escuela militar: El capitán Carlos Delgado Chalbaud era mi profesor de matemáticas, Mario Vargas nos daba Moral Y Cívica, Julio César Vargas nos daba Táctica Militar al igual que el capitán Marcos Pérez Jiménez y el teniente Edito Ramírez quien era mi Comandante del cuarto año. Muy simpático, Edito; muy vivo. El capitán Delgado Chalbaud conmigo era muy deferente, y como su padre había sido de aquí de Ejido teníamos cierta relación afectiva. Por cierto que él fumaba Chesterfield, y siempre dejaba los cigarrillos en el automóvil, y en ocasiones cuando estaba dando clase me decía: “Cadete Pardi, vaya a mi automóvil (tenía un citroen gris) y me trae mis cigarrillos y mis fósforo.” Entonces yo iba y le cogía dos cigarros. Eso sucedió tal vez tres o cuatro veces. Él me decía: “’Faltan dos”. Yo no sé si él los tenía contado o era para echarme broma. Lo cierto era que eso pasaba. Un hombre muy culto e ilustrado.
  • ¿Y en cuanto a don Marcos Pérez Jiménez?

Fue mi profesor y también tenía deferencias conmigo y me trataba con consideración. En 1945, cuando se da el golpe yo estaba en el regimiento Ambrosio Plaza, y yo estaba conspirando. Eso estaba muy bien organizado, pero realmente no se sabía quiénes eran los cabecillas. Bueno, yo sabía de dos, pero no de los terceros o cuartos personajes que estaban metidos en eso. 

ENTRE LA CONCEPCIÓN Y LOS MUDOS RECUERDOS

Pasamos a un lugar de la hacienda donde se procesaba la caña de azúcar para obtener la panela o papelón. Vemos allí una serie de grandes pailas de cobre, luego las fornaletas donde se le daba forma a la panela. El general ocupa un grueso sillón de madera que utilizaba el general Marcos Pérez Jiménez en Miraflores. Nos encontramos rodeados de reliquias antiguas como varios radios y fonógrafos, teléfonos de manilla, máquinas de escribir, cámaras fotográficas, ruedas de carreta, un juego de muebles que perteneció al general Juan Vicente Gómez. Quizás todo esto represente uno de los museos más completos de Venezuela; por cierto que solamente en fotografías colocadas en las paredes pueden haber alrededor de unas cinco mil.

Estuve tentado preguntarle si había alguien, además de él, encargado de salvaguardar y proteger todas aquellas reliquias del pasado. Pero preferí dejarlo para otra ocasión. Sí recuerdo haber oído que la Iglesia le había hecho la solicitud de que le donara todos aquellos espacios para hacer allí la Universidad Católica de Los Andes.

            EL FEROZ CUARTELAZO CONTRA MEDINA

Al tiempo que vamos recorriendo aquel museo hablamos de los días previos al gran cuartelazo contra Medina. Ya no se trata sobre estos hechos con el joven cadete que estaba dispuesto a morir por unos ideales que se venían agitando desde afuera poderosas organizaciones políticas y transnacionales, sino con un General ya maduro y curtido en las guerras de las más duras y crueles desilusiones. Se agitaba a través de la prensa a la joven oficialidad con burdos argumentos de tipo material como por ejemplo el que los sueldos eran miserables, y que había trabas en los ascensos. Se manipulaba groseramente con estos apetitos meramente materiales, que nada costaban en ser convertidos en armas románticas diciendo que había que darle un vuelco político al país para alcanzar el anhelado desarrollo. El diario “La Esfera” soporte de cuanto quería la Creole Petroleum Corporation mantenía una pertinaz campaña, diciendo: “Más gana el portero de un ministerio que un subteniente; no se dan los ascenso a quienes corresponde”. Con estos pensamiento encendí el grabador y pregunté:

  • General, seguimos pues, en vísperas del golpe del 18 de octubre de 1945. Está un grupo de oficiales jóvenes listo para dar un inesperado giro a la historia del país, en la creencia de que nos van a sacar para siempre del fulano gomecismo. Ese gomecismo representado todavía por López Contreras, Medina Angarita, Arturo Uslar Pietri, Caracciolo Parra Pérez, ... Lo que menos podía imaginar Medina Angarita es que el golpe viene de esa oficialidad joven que él mismo ha contribuido a formar. Tan es así que cuando se desata la rebelión él piensa que proviene más bien del General Eleazar López Contreras. ¿Ese golpe se estaba dando realmente por el bien del país y sin interés personal alguno?
  • Eso correcto. En 1945, yo era subteniente. Se había formado una especie de logia, más bien un grupo. No creo que llegásemos a la constitución de una logia. Tal vez el general Pérez Jiménez recién llegado del Perú, puede ser que la tuviera. Nosotros en realidad éramos idealistas; queríamos un cambio en función del progreso y el trabajo. No había escuelas, muy pocos medios de superación. Ese 18 de octubre, yo pertenecía al escuadrón del capitán Luis Teófilo  Velazco. Íbamos a unos ejercicios de tiro y en eso vi que traían detenido al Capitán Marcos Pérez Jiménez y al Mayor Julio César Vargas, los jefes de nosotros. Entonces fui y le trasmití esta novedad al capitán Velasco.  “Entonces tenemos que alzarnos”, me dice el capitán. Pero en eso, cuando me volteo a la derecha veo que viene el jefe del Cuartel, el teniente coronel Rengifo con un sargento y dos soldados más; entonces encañonan a Velazco y lo detienen. Ahí se prende la cosa. A Velasco se lo llevan. El general Medina llega al cuartel como a las 4 de la tarde, yo lo veo a pocos metros. Veo al general Juan de Dios Celis Paredes, a un grupo de guardias y ministros detenidos, entre los que recuerdo al doctor Silveira. No nos hablan. Luego hay una formación donde el coronel Luis Romero Aljorna nos increpa que dentro de nosotros hay conspiradores, que seamos valientes, que demos un paso al frente, cosa que ninguno hace, por supuesto. Como a las 6 de la tarde hay un bombardeo muy fuerte de morteros de la Escuela Militar antigua hacia el cuartel Ambrosio Plaza. En ese momento me ordenan a mí poner en libertad a los detenidos; que tengo que ir con mi pelotón y alzarme. Pero no pude. Hay al lado mío dieciocho muertos. En medio de aquella situación me acorralaron la Guardia Nacional, la Caballería, y mucha tropa que habían traído de otras partes. Entonces me fugué del cuartel con tropas y con armas y me fui a la Escuela Militar. Pasé las de Caín, y en la madrugada llegué a la Escuela; allí nadie me quería recibir, al final me mandaron a pasar sin armas, con los brazos en alto; quien me atendió fue el mayor Delgado Chalbaud, y se me identificó como juramentado, y me tomaron formación, de cuanta gente había; me preguntaron sobre el estado de ánimo del cuartel, de las tropas. Finalmente me dijeron que podía descansar. La Escuela estaba sin luz y sin agua. ¿Pero quién en aquel ajetreo podía descansar? A las 5 de la mañana me dijeron que tenía que salir a combatir. De modo que nos encontramos ya en el día 19 de octubre. Estaba gozoso, porque yo era el comandante del pelotón de vanguardia, pero nos derrotaron, nos acorralaron y nos disgregaron. No pudimos avanzar mucho; eso fue en el cerro de El Calvario, donde hubo bastante muertos, y que entre doscientos. Hubo mucha pelea.
  • ¿Cómo es recibido aquel contundente triunfo?
  • Se forma un estado de confusión después que Medina ha sido derrocado y la población civil, a pesar de todo, acoge aquel novedoso estado con euforia y con cariño. Nos convertimos en una especie de héroes para el pueblo, y se llama Revolución porque convenía llamarla así. Eso pasa con las épocas, más o menos lo que sucedió con los comandantes del 4- F que la gente se vuelve eufórica, entonces se resaltan las expresiones de igualdad y confraternidad; así fue también esa época, de uno para todos y de todos para uno. Le cuento una anécdota: Un sargento de tropa un día se alojó en el Hotel Magestic, estuvo allí comiendo y durmiendo durante dos meses y no le cobraron un céntimo, porque aquello formaba parte de la gran gran confraternidad que se había generado.

Después es cuando comienzan los problemas cuando los jefes comienzan a ver las cosas de modos diferentes; yo en ese momento no era jefe sino un simple subteniente, pero muy amigo de los que han dado aquel paso, entrando en un verdadero albur.

  • ¿Cómo se explica aquel Golpe contra Medina, un hombre que los había querido tanto, a ustedes los jóvenes oficiales, prácticamente sus hijos?
  • Usted sabe que cuando uno triunfa en un acontecimiento como ese es héroe, y cuando es derrotado lo catalogan de insurrecto, traidor y cuanto título malsano se le quieran endilgar a uno, entonces el general Medina debió sufrir mucho. Yo no lo volví a ver más después de que lo sacaron de allí, y se fue para Nueva York. Él verdaderamente quiso mucho la institución, y fue un hombre de mucho empuje: hoy día no se hubiera justificado un 18 de octubre, con un presidente electo por el pueblo.
  • ¿Visto desde ahora, usted cree que ese Golpe del 18 de octubre fue un error?
  • Yo pienso que sí, claro, y ahora lo pienso como general: No me gustan los zaperocos. No me gusta que las cosas se conduzcan por canales que no sean normales. Y tenga usted en cuenta las consecuencias que provocó esa llamada Revolución de Octubre, de tal manera que el golpe contra los adecos se comienza a gestar casi en el mismo momento en que Medina es derrocado. El 30 de octubre del 45 ya se estaba conspirando para sacar a los adecos.
  • ¿General, por qué siendo Betancourt aliado de Pérez Jiménez, éste se vuelve ferozmente contra él?
  •  Betancourt no quería a los militares, y a través de la prensa venía expresándose de manera muy dura y agresiva contra ellos; esto iba gestar un gran resentimiento en las Fuerzas Armadas difícil de borrar. Por ejemplo, la conformación misma de la Junta de Gobierno con cinco civiles y dos militares adolecía de una debida compensación de fuerzas y hasta cierto punto representaba un contrasentido; allí comenzaron a generarse recelos.
  • Recelos que luego van a acabar con el gobierno de Gallegos.
  • Así, es, luego que se hacen las elecciones y el Presidente Gallegos gana por una gran mayoría, lamentablemente se va gestando un estado de gran inestabilidad en los cuarteles, y es así como el Presidente apenas dura nueve meses en su cargo, lo que un parto. Y en esos hechos del derrocamiento de Gallegos me toca a mí indirectamente participar; me corresponde buscar al Presidente; en realidad cuando yo actúo, él ya estaba preso por unos oficiales de Mérida, entre ellos por el teniente coronel Hernán Niño. De todos modos, Raúl Castro Gómez y yo vamos a buscar al presidente Gallegos para llevar a la Escuela Militar donde iba a estar detenido. Cuando lo traemos detenido en un carro ford, modelo 48, y pasabámos por Chacao, un señor que estaba un poco borracho, grita: “¡Viva la democracia!”, a lo que el novelista responde: “A la democracia la acaban de fusilar.” Seguimos hasta la Escuela Militar, donde termina esta misión, y después pasamos a informar a Delgado Chalbaud, en el Ministerio de la Defensa, que quedaba donde está el Palacio Blanco; debíamos decirle que ya habíamos traído a Gallegos y que todo estaba bien y normal.
  • ¿Por qué siempre llevaban a la Escuela Militar detenidos a estos personajes?
  • Yo no sé; allí siempre llevaban a los presidentes derrocados. Ahí fue también donde llevaron a López Contreras y a Medina en el golpe anterior, cosa que no tiene nada de edificante.
    • ¿Y qué supo usted de la conformación del nuevo gobierno?
    • Precisamente allí en el Palacio Blanco, adonde yo había ido a dar la información de mi gestión relativa a la detención de Gallegos, fui testigo de la conformación del nuevo gobierno. Yo me quedé escuchando lo que pasaba, y no tenía, por supuesto, nada que ver con lo que allí se discutía. Estaban los jefes, y los altos oficiales, y observé que Pérez Jiménez toma la palabra y dice: “Yo propongo para Presidente de la Junta Militar de Gobierno al mayor Carlos Delgado Chalbaud”, y después cuando habla Chalbaud dice que él propone para Ministro de Relaciones Interiores al mayor Marcos Pérez Jiménez, y Pérez Jiménez le interrumpe: “¡No!, ¡no!, Relaciones Interiores no, Defensa.” Yo no sé si fue un lapsus de Chalbaud o si lo dijo con toda la intención. Entonces Carlos Delgado Chalbaud corrige y nombra a Pérez en Defensa; el Secretario iba a ser Luis Gerónimo Pietri, pero Luis Jerónimo no estaba, no había llegado porque estaba buscando a Caldera para que viniera, a este mismo Rafael Caldera; y también en ese momento se estaba buscando a Jóvito Villalba para que dijera lo que siempre dicen en esos momentos, que los militares sólo van a gobernar por unos pocos días, y pronto se van a llamar a lecciones libres. Bueno, entonces seguían sin nombrar al Secretario y alguien dice: “Propongo a Miguel Moreno”, y resulta que quien esto decía era el mismo Moreno proponiéndose como Secretario, y así logra ocupar ese cargo
    • Se ve entonces que había en este golpe una gran improvisión en todo.
    • Eso perdió el control. Pérez Jiménez sí tenía en su interior ser protagonista de un golpe militar contra el señor Gallegos, pero no lo manifestaba, tenía ciertos temores; y previamente hubo una reunión de oficiales subalternos en su mayoría, capitanes, tenientes (yo era teniente), creo que había uno o dos mayores nada más. Habló con nosotros el teniente Marcos Pérez Jiménez, no para incitarnos al golpe sino para aplacarnos. En esa oportunidad nos habló mucho de la institucionalidad de las Fuerzas Armadas y que teníamos que respetar la cuestión de la elección popular en la que había sido electo el presidente Gallegos, que todo se iba a mejorar, que pronto íbamos a conocer cambios positivos, pero que esperáramos. Fue entonces cuando uno de los presentes dijo: “Si ustedes no dan el golpe, lo damos nosotros.” Ante esta audacia se produjo una reacción de asombro porque pensábamos que un gobierno en nuestras manos iba a mejorar todo. Éramos muy jóvenes, sin experiencia ninguna. ¡Cómo hubiera sido eso, Señor, un gobierno en manos de tenientes! Hubiéramos tal vez hecho desastres. Es cuando Pérez Jiménez se retira momentáneamente al interior de una oficina y aparece con el coronel Delgado Chalbaud. Entonces Delgado comienza a calmarnos diciéndonos que todo tiene su tiempo, que todo tiene su hora, que esperemos. Pero al mismo tiempo nosotros presionábamos: que no, que queremos una transformación del país; nosotros estábamos muy influenciados por las situaciones que se estaban viviendo en el sur del continente, como las protagonizadas por Odría y compañía. Es impactó mucho en nosotros, y quisimos hacernos partícipes de toda esa actividad política.
    • No estaba bien definido entonces el golpe.
    • No, no lo estaba, a pesar de todas las presiones de los cuadros subalternos. Fue entonces cuando me fui para la Escuela Militar, y al rato empezamos a recibir la orden de que había que alzarse, que ya estaba andando el golpe. A mi manera de ver se ha calumniado a la figura de Carlos Chalbaud diciendo que es un traidor. No, señor. Hay que conocer aquellas terribles circunstancias: aparentemente fue un traidor, pero él no podía oponerse a las inmensas presiones externas y sobre todo las que venían de las Fuerzas Armadas. Había presiones de los altos mandos, entre los que estaban los Rangel, los Molina Herrera que presionaban contra Acción Democrática, y que presionaban para conseguir sus propios objetivos.
    • ¿En definitiva, Carlos Delgado Chalbaud fue un instrumento de esa desbocada situación?
    • Sí. Para procurar que no se rompiera la unidad de las Fuerzas Amadas. Tenga usted en cuenta que Delgado Chalbaud era un oficial de formación muy académica, que había estudiado en la Escuela Superior de Guerra de Versalles, un hombre muy vinculado al medio intelectual dominado por los izquierdistas; tenía amigos en los Machados, su misma familia pertenecía a esos grupos tradicionalmente de izquierda, con vinculaciones con Pocaterra y gente del “Falke” cuando muchacho. Su formación no era en absoluto la de un  militar gomero o formado en nuestros cuarteles. Él era un militar de formación civilista, muy intelectual. Él influyó mucho en nosotros que somos una mezcla del poder fuerte y el de la negociación. En una ocasión don Ramón J. Velásquez me dijo que nosotros éramos una especie de los representantes de los políticos florentinos que hilábamos muy fino. Que actuábamos de una manera muy guabinosa, pero no era nuestra intención ser así, sino que teníamos esa formación.
    • ¿La traición se le achaca a Delgado Chalbaud porque Gallegos le mostró tanta deferencia y lo atendió como a un hijo durante un tiempo en su casa de Madrid?
  •  Cuando uno tiene los problemas de salud grave, uno se vuelve débil, al igual cuando uno se va volviendo mayor. El 24 de noviembre fue producto de una gran dosis de poder militar. Carlos Delgado no era partidario de eso, pero lo arrolló el poder militar. Él tuvo que echarse esa carga sobre sus hombros para salvar a la institución armada, para que ésta no fuese a caer en manos de sargentos y de subtenientes, como había pasado en Panamá, en Cuba, en Chile. Más o menos lo que pasó con Pinochet a quien Allende lo nombra comandante del Ejército. Claro, los que ven el asunto desde afuera creen que aquello fue producto de una traición de Delgado Chalbaud porque se convirtió en el jefe de los conjurados. Pero es que aquel golpe realmente se había transformado en un gran desorden, y el único que tenía capacidad de dirigir tamaño trauma, el único con capacidad de maniobra intelectual y política para hacer una gestión de gobierno, era él. Además fue un lapso de euforia, de alegría en las calles, y se pudieron escoger ministros preparados y de gran prestigio entonces: Luis Emilio Gómez Ruiz, Luis Jerónimo Pietri, Egaña, Sansón, Rubén Corredor que fue Ministro del Trabajo.
    • ¿Cuál es su papel en ese momento?
    • Soy un oficial subalterno. Lo que pasa es que como tanto Delgado como Pérez Jiménez fueron mis profesores y yo estaba vinculado con ellos. Yo participaba mucho de sus cuestiones y estaba empapado de sus problemas y estaba al tanto de lo que estaba sucediendo en el país y en la institución militar.
    • ¿Qué nos puede referir del asesinato de Delgado Chalbaud?
    • Lo que oí en ese tiempo, que era oficial de planta en la Escuela Militar, fue que a Delgado lo hicieron prisionero por insinuación del empresario y potentado Antonio Aranguren, porque éste quería que le dieran unas concesiones o que lo favorecieran con las cuestiones petroleras, y Delgado Chalbaud venía aplazando eso; Aranguren y Rafael Simón Urbina eran bastante amigos, incluso se dice que la casa donde vivía Urbina era de Aranguren. Lo cierto es que en el Country Club interceptaron al coronel Delgado y lo llevaron prisionero a Las Mercedes. El motorizado que lo intercepta se llamaba Aponte, es el que pone la moto para detener el carro; el edecán era Bacalao Lara, el que lo acompaña. Pero la trama no era para matarlo sino para presionarlo. Lo llevan a la Quinta Maritza que era de Aranguren, y allí se le fue un tiro a uno de los secuestradores e hirió al general Urbina, y éste se estaba desangrando. Como Delgado era muy humano trato de asistirlo, de cerrar la herida, pero pensaron que iba a ver una agresión y se formó una discusión, alguien le quitó los anteojos y le arrancaron las presillas. Delgado le dio un golpe a uno de la banda, disparan contra él y lo hieren de muerte. Entonces los secuestradores huyen y Urbina es detenido en San Bernandino. 
    • ¿Y sobre la acusación de que Urbina cumplía órdenes de Pérez Jiménez?
    • Lo considero muy difícil. Uno de los principales afectados por la muerte de Delgado fue el general Pérez. Si Pérez hubiera querido ser de los principales de la Junta de Gobierno lo habría hecho el mismo 18 de octubre, y pudo haber gobernado solo; en esa circunstancias el general Pérez Jiménez se muestra con nobleza y con desinterés. Tal vez él esperaba mejor momento y mejor preparación, estando en una función tan delicada como la de la primera magistratura. La gente habla mucho. Yo que conocí bastante al coronel Delgado Chalbaud y al general Pérez Jiménez, y que mi relación con ellos era de alumno profesor, y ahí se entabla una buena relación, puedo decir que eso no fue así, sinceramente la posición del general Pérez Jiménez yo la defiendo.
    • ¿Cómo se da esa difícil transición luego de la muerte de Delgado Chalbaud?
    • Primero pensaron en el doctor Gabaldón, pero éste como buen trujillano se puso a contar los pollos antes de nacer y mandó hacer tarjetas..., cosas que uno tiene que aprender en política: Hasta que no esté publicado, hasta que no esté investido no se puede decir: “yo soy el ministro”. Muy honorable el doctor Gabaldón pero se precipitó en eso, e hizo unos nombramientos, y fue cuando pensaron en otro, un intelectual que había estado vinculado a las cuestiones revolucionarias de los estudiantes del 28, Germán Suárez Flamerich quien en ese momento estaba de embajador en el Perú.
    • ¿Y lo de la historia de Leonardo Altuve Carrillo que dijo quien para qué iban a buscar a un pendejo tan lejos estando él allí?
    • Es posible, Altuve Carrillo era muy preparado, muy buena gente pero muy imprudente. Él tiene una historia muy singular porque siendo embajador en Colombia mandó un informe para Venezuela sobre la invitación de “El Día de la Patria”, que era una celebración que hacía el general Pérez, y un informe de la Embajada que hablaba mal de las autoridades colombianas, y qué le parece que confundió los sobres: El del programa de la celebración lo mandó para la Chancillería venezolana y en el que hablaba mal de los granadinos lo envió a los colombianos. Se dice que eso fue al propósito. A mí eso no me consta, por supuesto.
    • ¿Dónde pasa usted esa etapa del gobierno del general Pérez Jiménez?
    • Lo paso una parte en Caracas, y otra parte en el exterior. Yo salí primero siendo capitán, para estudiar en Brasil.
    • ¿A usted se le veía en esa época como conspirador?
    • No sé, pero me sacaban con frecuencia. Cuando llegué de Brasil ascendí a mayor y entonces me sacaron para el Perú.
    • ¿Pero tenía usted influencia en el medio militar?
    • Algo. Fui un líder dentro de las Fuerzas Armadas, y sabe usted por qué, porque yo fui educado por los jesuitas. Los jesuitas educan a la gente para mandar. Recuerdo que estudiábamos unos programas sobre Roma y Cartago, y un equipo de estudiantes pertenecía a Roma y otro a Cartago, y nos poníamos a discutir, y el todo era para formarlo a uno como dirigente. Allí el que no tiene madera de dirigente lo apartan. Por ejemplo, a Caldera lo formaron para que fuera presidente. En todas partes del mundo los jesuitas han actuado de esa manera, para formar dirigentes: Son increíbles educadores y muy preparados, los jesuitas. Yo estoy agradecidos de ellos, porque ellos me formaron.
    • ¿Entonces en la institución armada le tenían a usted cierto cuidado a usted?
    • Bueno, yo pienso que sí. En esa época la Escuela militar tenía mucho prestigio, y yo conocía mucho a los dirigentes nacionales.
    • ¿Qué nos puede decir del fraude electoral del 52?
    • Pérez Jiménez preparó todo para ganar, pero resulta que de pronto lo resultados mostraban todo lo contrario, y el que salió triunfador fue Jóvito Villalba.
    • ¿Es cierto que a Jóvito lo compraron?
    • Eso yo no lo sé, lo que sí resultó cierto fue que lo sacaron del país. Pero no lo creo, yo conocí al doctor Villalba después y realmente no creo que fuera hombre de eso, de recibir dinero para cambiar una posición política. En esa circunstancia los militares fueron muy vivos. Pérez Jiménez nos reunió a todos los militares en Caracas, y nos dijo que había un problema porque unos carrizos habían hecho fraude, y él controló el asunto, nadie se le opuso excepto un primo suyo, el general Régulo Pacheco Vivas, que dijo que no estaba de acuerdo con el golpe de Pérez Jiménez. 
    • ¿Qué hay de cierto sobre ese supuesto terror político impuesto por Pérez Jiménez, y los numerosos torturados y muertos por la dictadura?
    • Indiscutiblemente hubo excesos en la actuación del gobierno de Pérez, pero ahí se ha exagerado mucho. Si se encuentran cinco muertos se dice que se encontraron quince, etc. El general Pérez era un hombre austero, de costumbres sencillas, muy dinámico para el trabajo, muy esforzado por hacer las cosas bien. Sus obras de gobierno fueron todas realizadas con el empeño de que fueran eficientes, y llevaban en cierto sentido su sello personal. Ahí tenemos formidables hospitales, Clubes militares, autopistas, carreteras, teleféricos, hoteles, tantas cosas de progreso material. Que persiguió a un grupo de ciudadanos, cosa que fue negativo, pues sí, yo estoy de acuerdo. Éramos muchos menos antes que ahora. Pero tuvo muchas cosas muy buenas. Él erradicó los ranchos de Caracas, ¿y qué pasa después con el bendito Plan de Emergencia?, pues que Caracas es nuevamente invadida de ranchos y de gentes. Hoy eso es horroroso, y pasan las tragedias que pasan por falta de planificación urbanística o social. En la época de Pérez la gente tenía un estándar de vida mejor y la gente era bien atendida en los hospitales. ¿Cómo es posible que el pueblo venezolano, una Nación tan rica la gente no tenga a dónde ir para que le atiendan sus enfermedades, porque los hospitales no tienen sangre, ni recursos, porque los médicos están en huelga, porque no les pagan. Eso es triste; y la educación, lo mismo. La educación es el daño más grande que tenemos. Tenemos que educarnos para sacarle un provecho racional a los recursos de este gran país. ¿Por qué todo eso, Señor? El general Pérez Jiménez en medio de aquella situación hizo esfuerzos para que las adversidades fueran menos dolorosas. Los gobiernos deben tener presentes que se les elige para que sean servidores sociales, y no de una clase en particular. Por eso todos piden cambo, y yo estoy de acuerdo que Venezuela necesitas cambios, pero cambios para avanzar, para vivir mejor, para hacer las cosas más efectivas, no hay derecho a esas grandes diferencias sociales que tenemos a costilla de los precios del petróleo. En todo eso pensaba el general Pérez.
    • ¿Y en el aspecto personal?  
    • No, él no era un hombre déspota ni amargado. Yo por lo menos no conocí que a algún compañero se le negara sus derechos, lo que pasa es que los que no ascienden, los que no reciben los beneficios siempre salen diciendo que son maltratados; pero eso ocurre en todos los gobiernos.
    • ¿Dónde se encontraba usted el 23 de enero?
    • En el año 56 yo estaba en Brasil, de allí pasé a Perú donde hice un curso en la Escuela Superior de Guerra de Chorrillos, donde estudió el general Pérez Jiménez. A mí me fue muy bien, y llegué a ocupar por primera vez los puestos más distinguidos en el orden de mérito, siendo acreedor a la espada de honor cuando terminamos el curso.  Llegué a Venezuela, justamente, el 9 de enero de 1958, y venía por barco. Recalé en La Guaira. Cuando subimos a Caracas, no nos dieron oportunidad de ingresar a puestos de mando y nos fuimos a nuestras casas a esperar órdenes. Estas órdenes llegaron el día 12 o 13 de enero, cuando nos llamaron al Ministerio de la Defensa para recibir instrucciones. El general Pérez nos recibió y lo encontramos muy bravo y muy nervioso, empolainado y con botas de montar, y con fuete en la mano con el que le daba constantemente a las botas, y nos dijo que había conspiradores entre nosotros, que teníamos que tener cuidado, que él ya había vencido a los golpistas. Nos dijo que pasáramos a las órdenes del Ministerio de la Defensa. Pero no nos utilizaron. A mí me mandaron para la casa. El día 22 de llamaron a la casa de una hermana mía porque me iban a dar un cargo, pero en realidad lo que hicieron fue ordenarme que patrullara la ciudad con otros oficiales. Entonces salí para La Planicie donde estaba la Escuela Militar, pero cuando llegamos a El Silencio, el general Pérez subía para Miraflores en una caravana. Entonces uno de los compañeros, compadre mío, nos dijo que nos fuéramos con el jefe, porque se presentaba una gran oportunidad para nosotros, que nos retiráramos a la Escuela Militar que ya estaba alzada. Total que para allá nos fuimos. Yo tenía buenos amigos entre los alzados en la Escuela y fui bien recibido, y fue el momento en que cayó Pérez Jiménez y yo no lo volví a ver hasta mucho tiempo después cuando me lo encontré en Madrid.
    • ¿Fue un encuentro cordial?
    • Sí. Me invitó a almorzar. Y ocurrió un acontecimiento bastante significativo. Resulta que una vez Pérez Jiménez vino a Venezuela con motivo de la muerte de un familiar, creo que su señora madre, y entonces entró por Colombia y fue a Michelena. De Michelena pasó a Caracas, y fue cuando el juez Rodríguez Corro le dicta auto de detención. Pero él estaba protegido por nosotros porque en ese tiempo estaba yo en la DIM, yo le mandé un recado, usted sabe que la DIM estaba en todo, y entre esas cosas me entero que le iban a dictar auto de detención. Yo le mandé a avisar que se tenía que ir. Él me respondió que eso no podía ser, que era absolutamente imposible, que el juicio había prescrito, etc. Él ya había estado preso, y le insistí: “Mire general, mejor es que se vaya.” Como a los diez minutos me llamó y me dijo que yo tenía razón y que él se encontraba en sus manos. Y yo lo saqué. Y el hombre se fue.
    • ¿Y cómo, por dónde?
    •   Por la frontera, por la puerta grande. Usted sabe que cuando uno quiere hacer las cosas las hace. Esa fue una inquietud del presidente Caldera, quien siendo yo su ministro me preguntaba: “¿Usted tuvo algo que ver con la salida del general Pérez?” Yo tengo la costumbre que teniendo o no algo que ver, suelo quedarme callado. Pero el doctor Caldera insistió en este punto como dos o tres veces. En un programa que le hizo Napoleón Bravo, Pérez Jiménez se refiere a este hecho, y contesta: “Un militar amigo mío, fue quien me sacó”. Y Napoleón le repreguntó: ¿Cómo pudo sacarlo teniendo un auto de detención? Pues, salió.
    • Total que luego de este hecho usted se lo consigue en Madrid.
    • Sí, y me atiende con mucha amabilidad. Al principio hubo una cierta inquietud, pero no, luego todo se resolvió en medio de la mayor confianza y serenidad.
    • Sabemos que usted tuvo una participación fundamental en la transición del gobierno de Leoni a Caldera, durante aquel lapso preocupante en el que se decía que los adecos no iban a aceptar el triunfo de los copeyanos. 
    • Para esa oportunidad yo estaba de comandante en la Guarnición de Barquisimeto, y esta era una zona muy importante para los dos grandes partidos que había en Venezuela. Se presentan una serie de hechos muy graves, en los que, le voy a advertir, que los representantes máximos de Acción Democrática, incluyendo Leoni, no tuvieron participación alguna. Esas fueron cosas de subalternos que siempre pretenden que los asuntos hay que resolverlos sin orden ni concierto. Y nosotros los militares con nuestra actitud serena y firme no permitimos actitud semejante. Lo que le puedo decir es que nosotros cumplimos con nuestro deber y Caldera fue reconocido Presidente por quien le correspondía. Y le voy a decir una cosa, nosotros en las Fuerzas Armadas no somos árbitros de la política nacional, nosotros somos coadyuvantes para la seguridad, y a mí en aquel momento se me quiso poner de árbitro y yo no acepto ese papel porque no me lo daba la Constitución. Yo era militar y tenía que ejercer el mando en beneficio de toda la comunidad larense; por consiguiente, lo que hiciera allí afectaba a todo el territorio nacional, y yo cumplí con mi deber. Entrar en detalles, le pido profesor que me releve porque no me gusta personificar, y no me gusta pisarle los callos a nadie.
    • Siendo usted ministro de la Defensa del doctor Caldera se da el famoso proceso de la Pacificación. ¿Qué papel le tocó jugar allí a las Fuerzas Armadas?
    • Yo lo voy a interrumpir para decirle lo siguiente, cuando Caldera llega a Barquisimeto como presidente electo, en visita oficial a las guarniciones como se acostumbra, para esa época ya nosotros teníamos controladas la guerrilla. Yo en ese momento no era ministro, y me había preparado bien no para hacer un discurso protocolar de bienvenida y darle la seguridad de que nos vamos a portar bien los militares y que vamos a ser consecuente con la cuestión institucional, sino que yo quería hacer una cosa pedagógica; fue cuando traje a colación la necesidad de tomar medidas políticas para enfrentar las subversión. Se me ocurrió mencionar en mi discurso que Venezuela ya gozaba de control por parte de las Fuerzas Armadas de la cuestión subversiva y que ahora se requerían de medidas de carácter social y política por parte del gobierno nacional. Es decir sugería en mis palabras la política de pacificación. Pero esta política de pacificación se venía estudiando y haciendo desde el gobierno de Leoni, pero no estaba estructurada como un programa, ni explotada desde el punto de vista político. El mismo Betancourt yo creo que también había comenzado a tomar medidas de pacificación, porque se sobreseyeron varios juicios y se dieron facilidades a los jóvenes subversivos para que se acogieran a medidas cada vez más suasorias. La mayoría de los que estaban alzados era idealistas, no se había rebelado para cogerse unos cobres ni para asaltar bancos puede que se han dado uno de estos casos por parte de ciertos alzados, pero esa no era la línea; la mayoría fueron por cuestiones ideológicas y de ideales. Ellos se entusiasmaron con la posición de Fidel Castro con un movimiento en el que había triunfado la subversión, y pensaron que en Venezuela la situación era fácil. Resulta que les costó mucho. Entonces la pacificación era necesaria, pero había que estructurarla, organizarla e institucionalizarla, y eso se lo dije yo a Caldera.
    • Terminadas sus funciones en la Guarnición de Barquisimeto qué nueva misión se le asigna, y cómo reciben los militares el anuncio de una posible pacificación.
    • Me pasan a Caracas al COC, al Centro de Operaciones Conjuntas, el que se encargaba de coordinar todas las actividades antisubversivas en Venezuela. Allí comencé a tomar medidas de pacificación. Pero había un problema, porque lo primero a pacificar era a nosotros mismos, a las Fuerzas Armadas, porque a los militares les habían matado compañeros, hermanos del alma como se dice, y entonces estaban molestos y deseaban acabar con la guerrilla con las armas; de modo que nos tocó a nosotros, los militares, empezar a propagar la convivencia, la de dejar las actitudes retaliativas para lograr un consenso general en beneficios de que todos fuéramos uno solo. Muchos no querían porque advertían que eso estaba contra la ley, y que nosotros no estábamos para eso sino para ejercer funciones de represión.  A mí me tocó mucho dictar conferencias en los cuarteles, y fui a todos los cuarteles de la república y sirviéndole el respeto a esa idea nueva, que Caldera luego asumió, porque Caldera es el jefe de la pacificación, pero no el único. La pacificación la hace el presidente Caldera, porque es el comandante en jefe, pero también nos tocó asumirla a todos nosotros. ¿Sabe usted quienes tienen méritos en esa pacificación?, pues lo que en ese tiempo eran subtenientes, tenientes, capitanes, mayores, porque fueron los que se llevaron en realidad todo el peso de la confrontación. Los generales nos poníamos la media bota para ir uniformados de militares pero no para combatir. A mí no me tocó combatir la subversión directamente; me tocaba tomar las decisiones, pero los subtenientes, tenientes, capitanes, mayores y muchos tenientes coroneles sí se pasearon Venezuela entera, sí combatieron.
    • ¿Usted alguna vez tuvo encuentros directos con guerrilleros prisioneros?
    • Hay un hecho muy significativo: Cuando el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas captura al profesor Francisco Prada, siendo éste el segundo de Douglas Bravo, personaje importante en la subversión. Capturaron tambiéna  Tirso Melendez, ambos, Prada y Tirso, muy amigo mío quienes suelen venir por aquí, por esta hacienda, y Longo Salazar y un muchacho de Maturín. A mí me avisan una noche que estos personajes están capturados, lo que para el SIFA representaba un bocado de cardenal. Al saber esto yo les dije: “A esos señores no me los toquen. Yo voy para allá”. Y hay una anécdota muy bonita, porque cuando llego al calabozo, los encontré desnudos, sin correas para que no se fueran hacer daño, y entonces Prada estaba dormido, y digo: “¿Cómo está Prada?”, a lo que él levanta la vista, medio encandilado, y me responde: “¿Quién es?”, y le contesto que soy el general Pardi Dávila que lo quiere saludar. Entonces Prada dice: “No me humille, máteme como a un hombre.” Le respondo: “Yo no vengo a matar a nadie, yo vengo para hablar con usted”. Y de allí nació una amistad con ellos increíblemente humana, a ellos nadie los tocó, y tampoco los obligaron a delatar; porque yo nunca obligué a delatar a nadie, porque pienso que lo primero que uno debe respetar es la dignidad humana. De tal manera que esa pacificación la hicimos todos y realmente es la Fuerzas Armadas a quien Venezuela le debe un homenaje por esta obra, y sobre todo a ese grupo de oficiales subalternos que lo hicieron muy bien.